16.06.2011

Por estos días el mundo recibe, y nosotros también, una información de escalofriante importancia. No lo podemos perder de vista ni aún en medio de nuestras ajetreadas cuitas criollas.

“El máximo de emisiones de gases de efecto invernadero alcanzado en el 2010 en el mundo, de 30,6 gigatoneladas, es un 5% superior al anterior, que databa del 2008, de 29,3 gigatoneladas, anunció ayer la Agencia Internacional de la Energía, que alertó sobre los riesgos de esta tendencia. Para que el nivel de dióxido de carbono (CO 2) en la atmósfera se limite al que los científicos consideran prudente para que el calentamiento global no sea de más de dos grados, el incremento de emisiones de aquí al 2020 debería ser no superior al constatado el pasado año, precisó la AIE (Agencia Internacional de la Energía) en un comunicado.

En concreto, el volumen de dióxido de carbono en el 2020 no habría de superar las 32 gigatoneladas, de forma que la concentración de CO 2 fuera de unas 450 partes por millón, frente a las alrededor de 430 estimadas en el 2000. La agencia advirtió que un 80% de las emisiones procedentes de la producción eléctrica que se esperan para el 2020 ya están comprometidas, a la vista de las centrales que están en funcionamiento y las que se están construyendo. En el 2010, un 44% del CO 2 procedió de la combustión del carbón, el 36% del petróleo y el 20% del gas natural. Los gases de efecto invernadero se habían reducido en el 2009 por efecto de la crisis económica, pero el pasado ejercicio volvieron a crecer, sobre todo en los países en desarrollo -principalmente China y la India- en virtud de la fuerte recuperación que han registrado. Así, aunque los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde) siguen representando un 40 % del CO 2 generado en el mundo, sólo contribuyeron en un 25% al incremento constatado en el 2010.

No obstante, en términos relativos, cada ciudadano de la Ocde genera de media 10 toneladas de ese gas, considerado el principal causante del efecto invernadero, mientras que en China son 5,8 toneladas per cápita y en la India 1,5 toneladas. El economista jefe de la AIE, Fatih Birol, consideró que ‘el significativo incremento’ de las emisiones de gases contaminantes unido al desarrollo previsto de inversiones en infraestructuras suponen ‘un serio revés a nuestras esperanzas de limitar el aumento de la temperatura a no más de 2 grados centígrados’. De hecho, Birol señaló que se está rozando el umbral del volumen de generación de CO 2 que no habría que superar para mantener ese objetivo de un calentamiento no superior a 2 grados”. (Agencia EFE, 31 de mayo de 2011).

Abundan cables de similar contenido pero con este basta: se trata de un alarmante récord mundial.

Porque contra todo lo reclamado y clamado acerca del calentamiento global en la Cumbre de Copenhague a fines del año 2009; contra todas sus advertencias y alarmas; nos venimos a enterar, un año y medio después, que nada de ello se ha tenido en cuenta y que la evolución del hiperconsumo marcha viento en popa hacia una catástrofe.

La meta que por aquel entonces se propuso para evitar gravísimas consecuencias irreparables e irreversibles, era no permitir que la temperatura del planeta superara los dos grados de aumento (lo que de por sí ya es muy malo). Estas últimas informaciones nos anuncian lo que nunca hubiéramos querido: a esta altura de los acontecimientos, en medio de esta loca carrera, aquellas aciagas profecías acerca de las consecuencias del aumento de la temperatura global por encima de los dos grados (que, repetimos, ya era una barrabasada) se están cumpliendo.

Téngase presente que para países isleños y algunos ribereños, dos grados es un desastre (exigían y exigen la meta de un grado y medio como máximo).

Dos grados de aumento (meta actual más o menos aceptada), ocasionan graves daños también en las islas, franjas costeras y especialmente en los grandes estuarios. Como por ejemplo, el Río de la Plata: lo más grave es la “intrusión” salina aguas arriba por los cauces de agua dulce. Más de dos grados, sería una calamidad.

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.