26.03.2012

Como es bien sabido, en Uruguay es irremediablemente Lobisón todo séptimo hijo varón. Entonces, los viernes de luna llena (y no cualquier otro día, como algunos parlamentarios de Derecha alegan) se transforma en perro grande y malvado, o en chancho grande y peor todavía, y sale a perpetrar maldades nocturnas hasta que amanece el sábado.

El Ministerio del Interior tiene muy bien fichados a todos los Lobisones del país, a los sospechosos y, gracias a Dios, hay varios que, atrapados in fraganti, fueron presos por orden del Juez (están en el Comcar y hasta las pelotas). Uno de los más famosos es el escribano Saravia de Treinta y Tres según datos irrefutables del Chispa Silva, incansable militante del S-2 del Batallón de Infantería Nº 10 (ver “Memorias del Calabozo” que no nos deja mentir).

Pero lo que más sabe cualquiera que tenga dos dedos de frente, es que para matar un Lobisón, no se debe tirar al cuerpo sino a la sombra.

Ese dato da lugar a grandes errores como así también a un enorme gasto de munición en vano (que es muy cara, como todos sabemos, si se compra por derecha: y el Estado siempre compra así, o peor).

Recordamos esto porque en materia de Seguridad le venimos tirando al cuerpo y no a la sombra. Una chambonada.

Somos partidarios de las más avanzadas teorías del Derecho y por ende de las que específicamente refieren a la minoridad. Y no lo somos de cambiarlas por las teorías bárbaras disponibles en vasta gama, por la sencilla razón de que ambas le erran al problema.

La cruda realidad, con esa tenaz imponencia que la caracteriza, viene enviando señales claras de que hemos equivocado en el análisis de lo que está pasando. Entonces damos palos de ciego o, lo que es peor, apuntamos, convencidos y seguros, a dónde no se debe.

Vivimos en una sociedad enmarcada en un “modelo mundial” que margina y excluye por definición. Como axioma de su existencia. Dicha marginación-exclusión no sólo refiere a la extrema pobreza sino también a la extrema riqueza. Cabe pensar incluso si “el resto” no componemos el segmento peor asociado de marginados-excluídos.

Estas oprimentes mandíbulas vienen compuestas por una proliferante y transnacional criminalidad muchísimo, pero muchísimo mejor organizada que el Estado (y por lo tanto más eficiente por lejos) de un porte nunca visto. Que brinda sus “servicios” con niveles de excelencia creciente para envidia del LATU.

Se trata de la mezcla de corrupción (ahí juega un papel decisivo la omnipotente burocracia) y una vasta gama de actividades ilícitas (o más o menos) vinculadas al comercio (de todo tipo de mercaderías y no sólo de estupefacientes), de la evasión fiscal (nacional e internacional pero nacional), y de las ineludibles operaciones de lavado (que corren a cargo de los más grandes bancos del mundo y de países como Inglaterra y Suiza a través de numerosas “sucursales”).

Contingentes cada vez más grandes de nuestra sociedad están vinculadas a ellas en distinto gradación que comienza desde los sectores más humildes que se pueda imaginar, y va hasta los más encumbrados, sin solución de continuidad. Es una economía de pesada importancia que funciona a la vista de todo el mundo pero no figura en las Cuentas Nacionales (ni menos en lo que a esta altura es una superstición: el PBI).

Muestra y va cobrando una “inserción social” tan grande que compite con la de los Partidos Políticos, el PIT-CNT, y demás organizaciones sociales legales que además están (estamos) infiltrados por ella. Y va ganando territorios.

Daría para mucho más pero, si no asumimos que eso que está pasando con toda evidencia ante nuestros ojos, aquí y en otros lados, es la cruda realidad, fracasaremos.
No vale, ante lo desagradable y desapacible, hacer como dicen que hace el avestruz, y seguir aplicando categorías obsoletas, vetustas y superadas, para intentar parar tamaña expresión de la sociedad. Salvo que ese muy costoso tiroteo ajeno al blanco quiera seguir siendo un elegante disimulo.

 


Eleuterio Fernández Huidobro.