17.05.2014

Hay una gran crisis ecológica y ella es telón de fondo de otras cuatro que golpean con dureza en el mundo: la de la energía barata y no contaminante, la del agua, la de los alimentos y la explosión demográfica.

El “modelo” propuesto y propagandeado es falso. Es mentira.

Es apenas para unos pocos habitantes del planeta. Si todos viviéramos como viven en algunos lugares, el mundo colapsaría.

El “modelo” es excluyente y marginador por naturaleza.

Sacrifica a gran parte de la humanidad. La considera sobrante. Superflua. Pero, y por si ello fuera poco, agota los recursos y contamina a niveles insoportables.
No vacila en acudir a la guerra para resolver este enredo y para apoderarse de los recursos.

Uruguay es un país hipercentralizado. Las principales decisiones se toman lejos de los vecinos. La ciudadanía no puede ejercer el control directo de los gobernantes ni de las principales agencias de gobierno: ministerios, entes autónomos, servicios descentralizados, etcétera.

Incluso a nivel de los gobiernos departamentales sucede algo parecido pero no tan exagerado.

Pero, y lo que es gravísimo, esa hipercentralización se expresa también en la distribución de la población en el territorio: algo anormal y deforme.

Gran parte de la población vive alrededor de Montevideo.

Encima, en cada departamento gran parte vive en las capitales y las más grandes ciudades.

El Uruguay parece un gran desierto verde, húmedo y muy fértil: una rara paradoja.

Sería muy largo explicar aquí por qué pasó eso a lo largo de nuestra historia y por qué fracasaron los nobles intentos para impedir tal malformación y tratar de “poblar la campaña”.

En el presente tal realidad es un peligro y además impide afrontar el inmediato futuro: el de nuestra juventud y sus hijos.

Es injusto y a veces una burla, proponerle a la gente que se quede en el campo, que vuelva al campo o que se vaya a vivir al campo.

Tal como lo demuestra la actual situación vivir hoy en el interior y especialmente en el interior rural “ofrece” grandes desventajas.

Es además de injusto para quienes hoy viven allí, proponerle a la gente una aventura en franca inferioridad de condiciones.

El único modo que Uruguay tiene para comenzar a resolver este grave problema comienza por establecer grandes ventajas para quienes, en especial jóvenes, quieran aceptar el desafío. Es por ello que proponemos una política proactiva de fomento al reordenamiento poblacional del país. Una fuerte apuesta a la colonización tal como quisieron nuestros padres y abuelos.

A su vez, en el área metropolitana y en especial en Montevideo se hace cada día más inhumano vivir.

La mayor pobreza que es niña y mujer tiene un mapa. Y la mayor violencia social también: está en Montevideo y en el área metropolitana.

Ello nos debe llamar a la reflexión: el hacinamiento es malo.

No debemos olvidar tampoco la violencia del tránsito que se lleva una vida cada 16 horas y deja miles de heridos y mutilados.

Quienes más sufren esas consecuencias son los niños que junto con los adultos deben vivir tras las rejas de sus casas en una especie de cárcel o a lo sumo “libertad vigilada”.

Lo peor es que nos vamos acostumbrando a esta suma de anormalidades y, a veces, adaptándonos a ellas, lo que implica adoptar conductas también anormales como modo de defensa. Ello pudre la convivencia y cuando ella se descompone, no hay centro de enseñanza ni policía que pueda resolver por sí lo que obedece a circunstancias generales y apremiantes.

Es por ello que nuestra segunda propuesta es apostar a una fuerte descentralización de la organización del Estado en todas sus expresiones para que entre otras cosas produzca una humanización tanto del interior como de las grandes ciudades.

No es hoy posible seguir amontonando gente sin ton ni son: las horribles macrociudades que hoy presenta el planeta, además de ser ya irreparables como todo mamarracho, están condenadas a desastres de todo tipo.

No se puede ya más crear villas, pueblos ni ciudades sin límites (como el cáncer). Dichos límites son fácilmente apreciables si colocamos al ser humano en el centro de nuestras decisiones de todo tipo. En especial a los niños.

Hemos tratado de avanzar en los ordenamientos territoriales pero estamos a fojas cero en materia de ordenamiento poblacional o humano.

Defender y preservar el medio ambiente debe incluir como parte inseparable, a la gente.

Debemos tender a la autosuficiencia de las poblaciones en materia de recursos vitales entre los que debemos incluir generosos espacios libres y seguros.

Ello implica suprimir en todo lo posible pero al máximo el transporte de productos a largas distancias. Lo manda inexorablemente la crisis actual y la futura previsible de la energía en todas sus formas.

Agua potable y alimentos básicos deben estar lo más cerca posible de la gente. Ello implica un cambio radical en la matriz productiva y hasta en la impositiva.

Hemos avanzado muy modestamente, casi simbólicamente, en la descentralización creando los municipios. Pero hemos sido extremadamente conservadores por no decir tacaños.

Debemos avanzar muchísimo más dotándolos de mando y de recursos para que sean los vecinos quienes decidan y ejecuten. Pero también creando muchos más municipios. La plena ciudadanía se crea y se ejerce a nivel barrial y municipal.

(Ampliaremos).

Publicado en “La República”, escrito por Eleuterio Fernández Huidobro.