Por Mauricio Almada.

Era una mañana de primavera de 1992. Habíamos quedado en encontrarnos con el Ñato en la puerta misma de la excárcel de Punta Carretas, que estaba a punto de ser demolida para construir un shopping.

El editor de política del diario El Observador, Alfonso Lessa, me había pedido que arreglara con el Ministerio del Interior los permisos para visitar la vieja penitenciaría. Invité al Ñato y aceptó gustoso. Aquella mañana llegó puntualmente junto a José López Mercao, que trabajaba en el semanario tupamaro Mate Amargo.
De nuestra parte éramos Alfonso, la fotógrafa Magela Ferrero y yo. “Por esta puerta sólo entré una vez, porque me fui por un túnel, junto a 110 más”, disparó de entrada al atravesar el gran portal de la edificación.
Con sus lentes cuello de botella empezó a escrutar todo lo que lo rodeaba a medida que avanzábamos por los corredores oscuros del penal. Sonreía. Los recuerdos que le venían eran agradables y los compartía. “Los presos políticos estábamos en el segundo piso, separados de los presos comunes, aunque nos juntábamos y todos nos respetaban”, escribí en mi libreta de notas, que aún conservo.
De pronto, se detuvo. Reconoció el espacio donde estaba la sede la liga de fútbol carcelario. “Ahí se jugaba con todo y el fútbol era algo muy importante en la vida de la cárcel. Eran partidos de hacha y tiza, aunque entrenábamos y planificábamos tácticas para enfrentar al rival. Hubo partidos épicos”, dijo mientras nos miraba para ver qué reacción causaba con sus dichos.
Hablaba solo. Se preguntaba y se contestaba. El relato de la fuga masiva que tuvo lugar la madrugada del lunes 6 de setiembre de 1971 fue recurrente. Buscó, con determinación y sin equivocarse un centímetro, la celda desde la cual se escaparon hacia el túnel. Era la celda de un preso común, al que habían convencido de irse juntos.
El patio de la cárcel fue inspirador para todos porque pudimos respirar aire fresco y no el aire pesado y cargado de aquella penitenciaría que llevaba años cerrada y que presentía su final, llena de fantasmas.
Entre los pastizales Fernández Huidobro siguió con los cuentos. “En aquel cantero había un compañero, que trabajaba como jardinero allí, y que no voy a quemar, que plantaba marihuana. Los milicos no tenían ni idea de cómo era la planta. Y le daba tranquilo. En realidad nosotros nos habíamos adueñado de la cárcel. Los policías no nos molestaban. Nos respetaban”, dijo mientras pisaba un pucho con el zapato derecho.
Después volvió a disfrutar cuando llegamos a lo que fue la enfermería de la cárcel. Por allí se habían vuelto a escapar a través de otro túnel que se comunicaba con las cloacas de Punta Carretas.
El Ñato estaba cómodo en su rol protagónico. Nosotros, jóvenes periodistas, estábamos estupefactos ante los relatos de aquel personaje.
Cuando terminamos la visita cruzamos a un boliche que estaba por Ellauri. Algunos pidieron café y él grappa con limón. Y siguió. “Éramos un poco irresponsables, muy arriesgados. Un día me subí a un bondi en 8 de Octubre con una bolsa que tenía lingotes de oro robado a Mailhos. Éramos así”.
Otro tema sobre el que volvía una y otra vez era el de las “negociaciones” entre tupamaros y militares. “Me sacaban de la cárcel para ir al cuartel. Minga que el gobierno de entonces no negoció con los tupamaros”, enfatizó.
También reconoció sin tapujos que se habían alzado contra las instituciones democráticas y que había salvado su pellejo de pura suerte.
Se acercaba el mediodía y la hora de volver a la redacción. El Ñato dijo que haber regresado a Punta Carretas le había recordado lo bien que había pasado allí, en comparación con lo que vino después. Encierros en diminutos espacios en variados cuarteles del país, en las peores condiciones imaginables. “Pagué por lo que hice. No me arrepiento”, remató.
Adiós Ñato.

Publicado en El Espectador el 5 de agosto de 2016.

 

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