Por Luis Nieto.

Recuerdo perfectamente el día en que decidí que sería de Nacional. Tendría cinco o seis años, y mi corazón estaba puesto en el cuadro de mi padre: El Treinta y Tres Fútbol Club. Todos los domingos iba al “estadio”, comía naranjas o tangerinas, y como mi padre era directivo entraba al vestuario en el calentamiento o durante el descanso. Como segundo cuadro, mi padre, era de Peñarol, y siguió siéndolo hasta el último día de su vida. En aquella época no había televisión, no tenía un vínculo concreto con Montevideo. Pero un día salió la conversación entre mi primo Marcos y yo. Debíamos elegir un cuadro de Montevideo. Yo me quedé un poco atrás en la elección, y él eligió Peñarol, a mí me quedó Nacional. Son de esas decisiones que se toman en un instante, pero son para toda la vida. Aprendí a querer a Nacional y su historia, viví enfrente al Parque Central, cuando no sabían qué hacer con ese predio. Mi amigo, casi hermano, Lorenzo Buxedas, era y es manya perdido. En las sobremesas de su casa, con el gorila Ramos agitando la reunión familiar, supimos trenzarnos por el único motivo que podíamos tener alguna discusión: el fútbol. Hoy en día, cuando nuestra amistad pasó los sesenta años, nos mandamos mensajes cuando el cuadro del otro va perdiendo, pero babosear, a esta altura, no le agrega ninguna mancha al tigre. El fanatismo deportivo, por más negocio que haya en el medio, es una forma de creer en el arte y en el corazón limpio de los atletas.

Cuando fui detenido, en octubre de 1971, todavía quedaban las bolsas de ropa de los fugados. De esas bolsas ligué dos cosas: una campera Levi’s del Negrito Phillips, y una camiseta de fútbol del Ñato. En ese momento se me planteó un serio dilema ético. Eso me pasó dos veces en la vida, la segunda fue cuando mi hijo Pablo se dio vuelta y de un día para el otro volvió del colegio con la novedad que se había hecho de Peñarol. Fue un golpe seco al alma, no podía decir ni mú, mi padre habría sentido lo mismo. No luché contra su decisión, y tampoco grité los goles de esos dos años largos hasta que me dijo que en todo ese tiempo se había sentido mal, que volvía a Nacional. Volví a nacer, esas cosas, muchas veces tienen origen en una desatención, porque los hijos necesitan identificarse con el clan, es humano, por más que no sea bueno fomentar un tipo de relación tribal.

El Ñato, creo que de forma unánime, era nuestro líder, y en todo sentido. El Bebe era otra cosa, lo rodeaba un aura que, como tal, era intangible. Los peludos se hacían matar por él, todos los demás sabíamos que era un hombre fuerte, una roca política, y donde estuviese el Bebe estaba la revolución. El Ñato era uno más de la manada, un buen jugador de fútbol, enseguida rompía cualquier barrera mítica. No era chabacán, como escribía actuaba. Tal vez haya sido él, más que cualquier otro de los dirigentes del MLN, el que haya interpretado mejor los rasgos identitarios de la generación del sesenta, que se sacó la corbata y fue capaz de tener amigos en cualquier barrio. Tanto el Ñato como el Bebe compartían el carácter horizontal que le dieron a una organización clandestina que, supuestamente, debió regirse por el más estricto sentido de verticalidad.

Podía haber elegido algo que fuese menos difícil de tragar, como la camiseta de Danubio, pero juro que no demoré en decidir, aquella camiseta era de un compañero que veneraba, podía más que el gusto deportivo, y mientras estuve preso usé siempre la camiseta de Peñarol que había dejado el Ñato.

Todo eso pasó. En el MLN viví muchas cosas, pero nunca asistí a la muerte de nadie. Recién me tocó cuando falleció mi padre, en 1995. El fin de semana antes de su fallecimiento, cuando todavía mantenía toda la lucidez, jugaban Nacional y Peñarol. Un clásico muy importante. Mi hijo Pablo fue a la visita en el sanatorio, y charlando con el abuelo le dijo que esa tarde se jugaba el clásico. A la hora de despedirse, le dio un beso al abuelo, ni sospechaba que sería el último, y el abuelo le susurró una frase que pude oír: “Que gane tu cuadrito”, le deseó a mi hijo, que después de aquel período en que había cambiado de cuadro, había vuelto a ser el hincha ferviente de Nacional que siempre fue. Pablo le dio las gracias, pero no llegó a interpretar el sentido de grandeza de aquellas palabras del abuelo. Hay cosas sagradas, el abuelo había puesto su amor familiar por encima de los colores que defendió toda su vida. La vida me regaló esa frase, que vino a recorrer todas mis edades, como un eco dulce y conciliador.

Durante todos esos años me mantuve en contacto con su familia, con su hermana Emilia, con su cuñado Tito, con sus sobrinos, con Gabriela, la hija que tuvo con Graciela Jorge, con su madre. En el exilio cuidamos todo lo que pudimos de los presos, que si no los mataron, al menos, intentaron enloquecerlos de forma irreversible.

El Ñato escribió un libro muy duro contra varios de mis mejores amigos: “En la nuca”, convencido que abandonar la lucha armada había sido el peor golpe que se le dio al MLN. Sin embargo, con el correr del tiempo, dejó de reivindicarlo. No volvimos a vernos. Haber hecho desembarcar de a tres los cuadros militares que se habían formado en Cuba hubiese sido posible. Cuadros entrenados con la élite cubana. ¿Y cuál hubiese sido el resultado? Nunca el MLN había tenido gente tan entrenada como tuvo después de la derrota de 1972, y nunca hubo una justificación más clara que emplear toda la capacidad militar contra una dictadura desembozada. Con la vuelta del exilio también volvieron los problemas de interpretación de la realidad. No todos los tupas aceptaron que la lucha armada en Uruguay se había agotado con la derrota de 1972. El primer tiro, con los rehenes ya en los cuarteles, podía matar a un militar, eso era fácil para la tropa de élite del nuevo MLN, pero el segundo tiro iba a la cabeza de un rehén, y así sucesivamente. La lucha armada era innecesaria en Uruguay, y eso lo sabía la izquierda no tupa del Uruguay.

En el penal de Punta de Rieles teníamos una pequeña radio escondida en una cortina de enrollar y todas las noches escuchábamos con ansiedad la cadena de las Fuerzas Conjuntas. Estábamos en la misma celda con el Ñato. Cuando dieron la información del descubrimiento del cadáver de Pascasio Báez ninguno de los dos lo creyó. El Ñato estaba en la última Dirección del MLN, yo había sido el responsable de aquel local en las estribaciones de la Sierra, cerca de Pan de Azúcar, y ninguno de los dos había oído nunca nada. Al día siguiente, en el patio, estábamos trillando con Juan Almirati, que había estado en el Comando General del Interior antes de caer, y ante nuestro comentario de que los milicos estaban haciendo una campaña sucia, Juancito pensó un momento y dijo lo que no queríamos oír: “Pero ¿y ustedes no sabían eso?” Seguimos un poco más, en silencio, y el Ñato, rojo de calentura explotó: “yo por la vida de un peón de campo le doy a los milicos treinta locales como ese”.

Prefiero quedarme con ese recuerdo. Sus palabras le salieron del alma.

Ojalá que esa bandera del MLN, al pie de su féretro, ayude a cerrar la peripecia dolorosa que vivió el país desde el ya muy lejano 1962. Quiero imaginar que haya sido su última jugada.

Publicado en “Voces” el 11 de agosto de 2016.

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