Por Leandro Grille.

Rara vez he sentido la necesidad de dar una razón a mis afectos, mi pertenencia, mis lealtades. Al fin y al cabo, el corazón es un soberano irreductible y, las más de las veces, inexplicable. Pero en la hora de la muerte del Ñato se me hace íntimamente necesario, como homenaje y como desagravio, contar por qué y cómo fue que ese hombre se nos metió en la estima.

He dejado pasar algunos días para serenar mis emociones y poder escribir algo que no sea apenas un testimonio de dolor personal amortiguado por la palabra. Algo que pueda ser leído por otros que no lo tuvieron entre sus cercanos, e incluso por quienes lo hicieron depositario de una bronca visceral los últimos años de su vida.

Aunque hay términos que parecen provenir de un tiempo sepultado, Eleuterio Fernández Huidobro fue un revolucionario hasta el último día de su vida. No fue un converso ni un arrepentido. Y siento que la autocrítica más dura que alguna vez se hizo fue no haber vencido. En la carta de despedida a Fidel, el Che enseñó que en una revolución, si es verdadera, se triunfa o se muere. El Ñato fundó una guerrilla para triunfar. Una guerrilla urbana de las más importantes de nuestro continente. Pero tras la derrota militar, el enemigo le reservó un destino que quiso ser peor que la propia muerte. Fue condenado al soterramiento en vida, en un infierno de soledad y tortura. Durante once años, seis meses y siete días, desde una noche de setiembre de 1973, lo tuvieron cautivo, recorriendo pozos y cuarteles, abandonado al sadismo inenarrable de un ejército empeñado en volverlo loco. A él y a sus compañeros. Junto a los rehenes, el Ñato fue sometido a un experimento de salvajismo para triturar el cuerpo y quebrar el alma durante la eternidad de 4.200 días. Y no pudieron. No lograron convertirlo ni en inservible planta ni en repugnante bestia. Ni siquiera lograron hundirlo en la cerrazón del rencor y del odio, esa otra cárcel sin barrotes donde sucumbe la inteligencia.

El genio político del Ñato fue innegable a lo largo y ancho de 50 años. Apenas superado por su talento literario: fue el narrador de una revolución. Cuando los años de lucha armada, Eleuterio redactó la mayoría de los documentos tupamaros y concibió ideas y acciones de un brillo que no ha sido opacado por el tiempo transcurrido, por los muchos errores ni aun por la derrota. Y el Ñato salió de los abismos del odio escribiendo. Los de mi generación, los que orillamos los 40 años, los que nacimos cuando estaba enterrado en un pozo y nos fuimos acercando a la militancia de izquierda en los albores de nuestra adolescencia, lloramos leyendo las Memorias del calabozo, devoramos los tomos de la Historia de los tupamaros, nos conmovimos con su relato de “El abuso”, la masiva fuga del Penal de Punta Carretas. Nos fuimos aproximando a la épica revolucionaria desde su voz y desde su pluma.

Tuve el beneficio de conocerlo desde la inquieta y temprana adolescencia. De devorar sus libros, de conversar con él, de compartir reuniones y boliches y actos. Por aquel tiempo, yo era casi un niño y él ya era un viejo legendario. Toda una generación de compañeros aprendimos a militar con Eleuterio. Aprendimos a hablar escuchándolo. Aprendimos a discutir discutiéndole. Fue el polemista más brillante que he conocido. Un anormal de la dialéctica, en ocasiones intimidante, magistral en el cruce, bendecido por la elocuencia y sin pretensión de bronce ni de gloria ni de unanimidad.

Ahora que se ha ido, son muchos los que lo reconocen como un iconoclasta, como un tipo de pensamiento rupturista, ajeno a lo políticamente correcto. Yo no lo niego. Pero siento que subestimo su legado si lo reduzco a su granjeada fama de provocador. El Ñato era mucho más profundo que esa caricatura que se nos ofrece. A su ideario político lo caracterizaban el artiguismo, un antiimperialismo innegociable y un gran apego a las categorías clásicas. El Ñato no despreciaba las nuevas agendas, como muchos creen, pero temía que la izquierda fuera soslayando la centralidad de la lucha de clases por una serie de consignas parciales que “no joden a nadie”. Para el Ñato, la cosa era entre pobres y ricos, entre nación e imperio, entre vida y muerte, entre el socialismo y la barbarie.

Se nos fue el Ñato y se me agolpan las conversaciones, los recuerdos. No hace tanto, cuando la derecha preparaba el regreso de Amodio, sustraído de su ostracismo de vergüenza para venir a horadar la mística de los tupamaros, el Ñato me advertía que volvía un traidor. El pueblo tiene que saber qué cosa es un traidor –decía–, vehemente, gritando, porque un traidor no es un discrepante, ni el que te vota en contra, ni aquel que se aparta de la opinión mayoritaria. Ahora se usa mucho la palabra “traidor”. Con ligereza. Con liviandad. Y así –insistía– se vacía una palabra enorme que tiene un sentido preciso y que es necesario para la historia que no se contamine ni se diluya. Amodio es un traidor porque entregó a la tortura y a la muerte a compañeros que confiaban en él, que habrían dado su vida por él. Y a Amodio ni siquiera lo torturaron.

Pero desde hace un tiempo, al Ñato mismo lo acusaban de traidor los que no entendían su política al frente del Ministerio de Defensa Nacional, los que nunca entendieron su propósito. Su brega por subvertir la doctrina de un ejército preparado bajo la hipótesis de un enemigo interno, presto a masacrar al pueblo al toque a degüello de las elites de la conservación, para transformarlo en un ejército abocado a defender la soberanía ante una agresión de poderes imperiales. El Ñato, conocedor, como pocos en la izquierda, de los ámbitos militares, sobre todo por su larga historia de combatirlos arriesgando todo, concentró los últimos años de su vida en esa tarea hostil e incomprendida de transformar las Fuerzas Armadas en una herramienta de la sociedad, siempre sometida al poder civil y constitucional, sensible a las necesidades de la gente, popular e involucrada en la construcción de un mundo mejor para los más humildes, muchos de ellos, soldados.

Ñato, tengo que despedirte y me asalta la memoria tu voz recitando la leyenda patria:

“Y siempre piensa en que tu heroico suelo

no mide un palmo que valor no emane;

pisas tumbas de héroes…

¡Ay del que las profane!”

¡Ay del que las profane!, Ñato. Me toca el adiós atravesado por la tristeza. Y me toca defender tu memoria de los maledicentes. El cuero inerme de los carroñeros. Tu muerte era la más anunciada de las muertes, pero igual me duele. Porque te quise mucho. Porque te quiero tanto. Hasta siempre, Ñato. Compañero.

Publicado en “Caras y Caretas” el 12 de agosto de 2016.

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