Por Mauricio Rosencof.

La escalera que nos llevaba a los calabozos subterráneos arrancaba frente al escusado. Un escusado turbio, umbroso, donde crecían, contra la pared, unos hongos pálidos, grandes como pepinos. Tenía una taza y una ventanita sellada.

Una vez al día nos llevaban al desagote. Cuando nos acuclillábamos para la deposición nuestra de cada día, con las manos esposadas hacia delante, nos agarrábamos las bolas. Las ratas salían por el caño y nos saltaban entre las piernas.

Cuando teníamos visita, nuestro banco, frente a las rejas, lo instalaban allí. Y desde allí conversábamos, medidos, con los viejos, con nuestras niñas.

Una vez subieron de las catacumbas al visitado equivocado. Entonces me encontré del otro lado del enrejado, flaquita y tímida, con Gabrielita, la hija del Ñato.

Había un custodia muy piola, que una vuelta nos fue mostrando, corriendo apenas el ventanuco, un río.

“El río”, nos dijo. Orgulloso de su río.

Los pactos del monoabiente

Un túnel largo arrancaba al pie de la escalera y moría a poco andar en la pared del fondo. Al pie de la escalera estaba el calabozo del Pepe.

Las puertas estaban hechas con literas verticales, con las dos patas de hierro atravesando el muro del sucucho. El interior tenía un metro ochenta de largo, y de ancho sólo podías vivir en sesenta centímetros porque había una cucheta bajada que ocupaba el resto. Un techo de chapas, sostenido por vigas de madera, abulonadas.

El catre sólo se podía usar de noche, cuando daban la orden. Entonces poníamos el cacho de jabón a cubierto, porque las ratas nos caminaban en busca de comida. Y siempre andaban ahí, correteando los aposentos, el corredor, nuestro lomo.

Pero no sólo las ratas. Por ahí rondaban el bajón, la autoboleta, la locura.

Por eso un día lo conversamos en clave de morse, a golpe de nudillo, y fue una discusión política, para ver cual era nuestro papel político en esos días, años, quinquenios.

Y llegamos a un conclusión, única, una sola palabra: “resistir”.

Los planes del Ñato

El aire no entraba por ningún lado. No había ventana, ni ventanuco, ni agujero de ventilación. El aire bajaba por las escaleras.

Un día el Ñato nos comunica que desde la cucheta llega bien a las patas de hierro empotradas de la tarima, y parado desde allí llega a tocar los bulones y las chapas del techo.

La visión del río se nos había fijado: si salíamos por ahí a la buena de Dios, lo demás era una zambullida.

La guardia no bancaba el foso porque era irrespirable. Y se montó el operativo para, cuando en una guardia calma, el soldado subiera. Quedaba el Pepe alerta al pie de la escalera para trancar al guardia si bajaba, con un pedido, una bronca, lo que fuera, y uno ahí, haciendo bulla.

El Ñato llegó hasta los bulones. Nos cuenta luego que ya habían sido aflojados, fija que por la tanda de rehenes que nos antecedió en estos calabozos. “Pero”, agregó, “las chapas no las levanta ni Cristo”.

Estábamos en un batallón de ingenieros. Con el tiempo supimos que sobre las chapas habían depositado los tramos de hierro del puente Bailey, que arman para cruzar ríos.

Y lo que son las cosas. Esos hierros fueron la base del estrado frente al obelisco, desde donde dio misa Juan Pablo II.

El pacto del testimonio

En murmullos perdidos en las pocas visitas, nos fuimos enterando de que el Nepo tenía un cáncer en la cabeza y que no lo atendían. Que un par de compañeros se habían empantanado en la confusión.

Entonces nos juramentamos a golpe de nudillo que si alguno de nosotros salía con vida y en condiciones, iba a dar testimonio de los días vividos. Es un decir.

Nos tocó volver a la vereda soleada. Y a poco de salir, en un galponcito a los fondos de la casita de mis viejos, dejamos con el Ñato ese cachito de historia que titulamos Memorias del calabozo.

Bajo tierra entonces, bajo tierra hoy, Ñato, seguimos pactando con la vieja barra, para que un día los mas infelices sean los más privilegiados.

Chau, Ñato.

Nos estamos viendo.

***

Un día le largué a través del muro, en su natalicio, este verso canero. Para el Ñato, para todos.

COMPAÑERO

Y si este fuera

mi último poema,

insumiso y triste,

raído pero entero,

tan sólo una palabra

escribiría:

“compañero”

Publicado en “Caras y Caretas”  el 12 de agosto de 2016.

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