Por Marcos Otheguy.

Se fue el Ñato y es claro que a todos nos va a tocar esa retirada. La de él hace tiempo se esperaba ya que su vida anduvo siempre por los pretiles, toreando la caída, viviendo a contramano.

El era así, que se la va hacer. Hace tiempo que venía discrepando con él en diferentes temas, pero eso importa poco. ¿Quién soy yo para discrepar con el Ñato? Considero que me falta un rato, como a tantos.

En todo caso, para mí, que tuve la suerte de compartir mucha cosa en un período de mi vida, era de esas personas que sin duda deja huellas profundas que sólo con el tiempo se calibran como corresponde.

Nosotros éramos unos gurises, él recién salido de la cana, yo militaba en un grupo de base con su hija mayor Gabriela, entrañable como pocas. Eso llevó a que el Ñato siempre anduviera cerca de nosotros, provocando encuentros mate de por medio, para medirnos sin duda, pero también para medirse él en eso de recomponer el diálogo con una adolescente de la cual había estado separado involuntariamente por más de trece años; nosotros aprendimos mucho y estoy seguro de que algo también aprendió él.

Como estoy convencido de que era uno de esos militantes trascendentes para la historia política de la izquierda uruguaya, es que ensayo este humilde homenaje, que decidió discurrir por lo vivencial y no por análisis político que puede fundamentar sin objeciones la talla de dirigente que fue el Ñato.

Malvín

Malvín fue el barrio de mi niñez y adolescencia; también terminó siendo el barrio del Ñato, Graciela y Gaby por un tiempo. Malvín tiene eso que sólo los que recorrimos sus esquinas conocemos, enamora como sólo enamora el primer amor. Allí compartimos momentos de esos que te quedan grabados en el corazón. Podría contar alguna charla en la mesa del viejo Michigan, pero me quedo con una charla en su casa en la cual participó Miguel, otro entrañable compañero que hace tiempo está fuera del país. La noche se hizo larga y el Ñato hablaba, nosotros de vez en cuando alguna metíamos; conversábamos de estrategia y de documentos. A nosotros los jóvenes se nos había dado por escribir y mucho, queriendo convencer a otros de nuestras verdades. En un momento el Ñato nos dijo: “El ‘qué hacer’ puede caber en un paquete de hojillas Job”. Ese día nos mostró anotaciones del Bebe en un paquete de hojillas para fumar, que terminó siendo el Plan por la tierra y contra la pobreza.

Tabaré

Eran las elecciones de 1989 y ganar la Intendencia de Montevideo parecía al alcance de la mano como nunca. También era la primera vez de una participación electoral de una novel organización política, el MPP, salida sin duda de la cabeza del Ñato. El MLN había decidido no presentar candidatos propios; el Ñato pensaba lo contrario, y cuánta razón le dará el tiempo. Los jóvenes estábamos en la posición que resultó mayoritaria, por tanto la veíamos un poco de costado. Igual el día anterior me cruzo en local con el Quico y me pongo a la orden. Me dice: “Estate a las ocho en Fernández Crespo”. A esa hora caigo al local, el día de la elección. Quico daba órdenes para acá y para allá. Me dice: “Te toca ‘cuidar’ al Ñato, agarrá ‘aquello’ y te le pegás todo el día. El Gallego Huertas va contigo”. Me tranquilizó bastante el querido Gallego; sin duda nos podría “cuidar” a los dos. Ese día recorrimos todo Montevideo, el Ñato manejando su Fusca, el Gallego atrás y yo de acompañante; paramos en locales y en casas escondidas en un Montevideo profundo que yo desconocía. Como el Ñato nos había anunciado, terminamos en 18 de Julio frente a la Panamericana, festejando el triunfo del Frente Amplio en Montevideo y viendo como un pueblo reunido lo levantaba en andas.

Peñarol

Muchos años después la vida nos encontró nuevamente compartiendo balneario; Neptunia tenía mucho de Malvín, sobre todo la magia de paisajes imborrables, de amaneceres y caídas de sol irrepetibles.

Uno de sus sobrinos era pescador artesanal y tenía su rancho pegado al arroyo Pando, cerquita de mi casa. Al Ñato le encantaba llegar por ahí para tirar un trasmallo y compartir una corvina entre vinos y canciones interminables. El hijo de este pescador –que creo se llamaba Enzo– tenía la misma edad que mi hijo Manuel, así que en su cumpleaños número cuatro o cinco recibimos la tarjetita. Sería un sábado cualquiera que tomo de la mano a Manuel y caminamos las pocas cuadras que me separaban del rancho pegado al arroyo. El Ñato ya estaba junto a la parrilla asando unos roncaderones que no llegaban a corvina. Recuerdo que le dije: “La próxima dejalas engordar un poco antes de sacarlas del agua”. Se ríe y me invita a sentarme para compartir un vino. Allí anduvimos un rato de conversa sobre todo un poco hasta que nos llaman para soplar las velas de la torta, la cual estaba hermosamente decorada, pero con los colores de Nacional. Es ahí que se siente la vocecita de mi hijo Manuel que dice: “Yo no soplo velas de Nacional”. Entre risas, el Ñato contesta: “¡Yo tampoco!”.

Mi homenaje es este, Ñato, compartir algunas anécdotas que guardo en el corazón. Hay otras, que tal vez en otro tiempo podremos contar.

Como al principio, hasta siempre, esta vuelta la pago yo.

Salud.

Publicado en “Caras y Caretas” el 12 de agosto de 2016.

Anuncios