A finales de abril de 1993 dio comienzo la V Convención Nacional tupamara. Se sabía de antemano que el gran tema “Socialismo” iba a estar ausente de los debates en virtud de la extensión y complejidad del mismo. Por lo mismo, se decidió su tratamiento en una instancia posterior. Los trabajos presentados quedaron, sin embargo, como aporte fermental para la reflexión de los militantes. A continuación se transcribe el de Eleuterio Fernández Huidobro.

Nuestro Socialismo.

El socialismo es necesario porque es bueno y no es bueno porque sea necesario. Es, en primer lugar, una opción ética. Se ha cometido un gran daño: llamar socialismo a cualquier cosa. Ese hecho histórico nos obliga a definirlo cuidadosamente.

Las fuentes

Somos herederos y queremos ser continuadores de tres fuentes del pensamiento y la acción:

El cristianismo y de él cuatro postulados fundamentales: la igualdad, el amor, la rebeldía y el Hombre Nuevo.

El artiguismo cuya lucha aún no ha terminado. Por lo tanto nos sentimos parte de la gran corriente popular que pugna por la liberación nacional en todo el continente.

El movimiento socialista. De él, recogemos preponderantemente los aportes de Marx, pero no descartamos los del pensamiento anarquista.

El camino

Para definir nuestra concepción sobre El socialismo resulta insoslayable referirse a las TRES fases que hoy conducen a él.

Esa obligatoriedad expresa hechos de profunda significación a saber: el capitalismo es más que nunca, un sistema planetario.

Su pilar principal radica en la explotación, opresión, dominio y marginación por vía política, económica y militar de las tres cuartas partes (o más) de la humanidad.

Una minoría imperialista que basa sus cuarteles generales en los países (o conglomerados de países) llamados Centrales (EE.UU., Japón, Europa Occidental), viene saqueando al llamado Tercer Mundo desde hace ya mucho tiempo pero ha radicalizado últimamente su explotación a extremos tales que coloca al mundo al borde del colapso. Su respuesta es el genocidio.

En nuestros países han quedado truncas, por tanto, varias tareas históricas (la liberación nacional) a las que se agregan ahora tareas que podemos denominar de emergencia. Dado el carácter de sistema mundial del capitalismo contemporáneo, la lucha por la liberación nacional, las tareas de la emergencia y las de la construcción del socialismo son, además de inseparables, mundiales. Por lo tanto no corren por exclusiva cuenta de los pueblos explotados y mucho menos separadamente sino que abarcan a los pueblos de los países centrales porque el desastre también los amenaza y victimiza. Esto va dicho sin olvidar que en el caso de América mestiza para mejor explotarnos hemos sido balcanizados por la acción imperial.

Las tres fuentes de nuestro pensamiento, son ellas y son tres, como expresión de esta realidad. Resulta imposible referirse al socialismo desprendiéndolo del contexto. Para poder construirlo habrá que realizar las tareas urgentes y las pendientes: ellas influirán sobre los contenidos de dicho socialismo. Pero a su vez, sin una perspectiva y sin contenidos socialistas será imposible recorrer el camino ya que formamos parte inseparable de un sistema que además de ser capitalista, para poder seguir siéndolo, debe mantenernos, como sea, en la situación en la que estamos. Dicho de otro modo, las tareas de la emergencia y las de la liberación nacional serán influidas, por las del socialismo.

Resulta imposible obrar de otra manera. No se trata solo de una opción ética; también lo es estratégica en el más práctico sentido de la palabra.

Las tres fases del camino

A) La emergencia.

El capitalismo contemporáneo ha llegado a una etapa sacrificial. Para mantenerse, condena a la marginación y la muerte a millones de personas. Su propuesta es exclusivamente para una minoría de los habitantes del planeta (incluso los que todavía tienen el “derecho”(!) a ser explotados). El resto, la mayoría, es prescindible.

Estamos ante el genocidio, las migraciones masivas, el “apartheid” racial y social, la división del planeta en dos grandes mundos: norte y sur (aunque hay sures en el norte y nortes en el sur), el renacimiento de las grandes matanzas por vía bélica (incluso como modo desesperado de “salvarse”), el abandono de zonas y poblaciones en manos de la hambruna y e caos, una incontenible explosión demográfica producto de la pobreza y su círculo infernal, la reaparición de enfermedades que se consideraban definitivamente superadas, la desocupación estructural como paradojal resultado de las innovaciones tecnológicas en el marco de una tercera gran revolución industrial, el colapso ecológico, la proliferación de armamentos y residuos tóxicos catastróficos, acordes con un modelo político-económico que también lo es, el despilfarro colosal de riqueza en armamentos “necesarios” para mantener el sistema con toda su atrocidad.

La mayor parte de la humanidad, pero también la mayor parte de la naturaleza agredida, está en el Tercer Mundo. Aquí hoy, la “utopía” es para mañana mismo. Consiste-por ejemplo- en comer tres veces al día.

Combatir por conquistarla es pelear por erradicar lo anterior. Dicho de otro modo: es atacar la base misma del sistema. Frente a ello, la simple reivindicación de comer deviene revolucionaria. Durante esta fase el dilema principal es vida o muerte y por lo tanto una categoría tan poco “científica” como el amor se transforma en arma letal.

B) La liberación nacional.

O, dicho de otro modo, la independencia, el desarrollo económico y social recuperando para ello las riquezas que se rapiñan, la democracia y la identidad cultural de cada nación.

Para ello hay que derrotar al imperialismo sin olvidar que de él forman parte las oligarquías nativas que lo sirven. (una minoría en los países oprimidos), y forman parte los pueblos que viven en los países “centrales”.

Por el contrario, para poder triunfar será necesario construir esa alianza. En ese sentido las condiciones están dadas. Los intereses representados por el imperialismo (minoritarios también en los países centrales) son el enemigo común de todos los pueblos del mundo.

En lo que nos toca esta empresa pasa por la Integración.

El dilema principal para esta fase (íntimamente vinculada e influenciada por las otras dos) es Norte-Sur, sin olvidar, como ya dicho, que hay sures en el norte y nortes en el sur.

C) Socialismo.

Será imposible construir el socialismo si no se han resuelto favorablemente las otras dos grandes tareas históricas. Porque nada -y menos que el socialismo- se puede construir sobre un cementerio económico, social, cultural y moral. Será imposible, también, construirlo en un solo país o en un pequeño grupo de países. Esta “tarea”, más que las otras dos, tendrá carácter mundial como condición imprescindible.

Hay una “escala” para la liberación nacional y el socialismo asé como la hay hoy para la economía.

El dilema principal en esta fase y fundamentalmente en todo este período histórico, es socialismo o barbarie.

“Barbarie” en lugar de “capitalismo” porque éste ha llegado a tal grado de “desarrollo” que si no encuentra como solución el socialismo, se transformará en sinónimo de barbarie tal como hoy lo podemos ver en grandes zonas del planeta. Porque no es forzoso que -como muchos creían- el capitalismo desemboque “fatalmente” en el socialismo.

Eso depende de los seres humanos y sus opciones.

El Poder

“La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”

“Todo partido político, sea del signo que sea, aspira a tomar el poder”

Dicho aserto viene avalado, aparentemente, por siglos de historia. pero el gran problema estuvo y está en definir qué cosa es el poder y dónde reside. La respuesta a esta cuestión define campos y no es para nada sencilla.

Para algunos el poder es ganar las elecciones y ejercer el gobierno; para otros, controlar los aparatos permanentes del Estado; para otros tener las armas, o sea, controlar el aparato más contundente del estado. Entre dichos extremos cabe toda la gama de variantes y combinaciones. Muchos pensamos durante un tiempo que tomar el poder era adueñarse de los resortes fundamentales del Estado y entre ellos, por antonomasia, el militar. Que la revolución consistía esencialmente en eso, aunque no sólo en eso; que los revolucionarios éramos lo que usábamos armas; y que la línea demarcatoria entre los reformistas y nosotros pasaba por la cuestión del poder.

Pero el poder entendido de ese modo. Por eso a la revolución la concebíamos ingenuamente como el momento en que se “tomaba el poder”. Después de dicho acto-casi sagrado- lo demás venía por añadidura y con pocos problemas. Por eso se llegó a dotar a la lucha armada de propiedades metafísicas: purificaba.

Las supremas actividades revolucionarias llegaron a reducirse a una mera “tecnología” de la insurrección. Con el agregado de que con ella era suficiente y olvidando que dicha tecnología, como cualquier otra, puede servir para muchas cosas (incluso la contrarrevolución). Pero lo más grave: cuando se reduce a ese extremo y cuando, consecuencia obligada, todo se pone al servicio de dicha simplificación, se corre el riesgo de caer en vicios y deformaciones que luego, aún con la “victoria” en la mano, impiden hacer la revolución o se transforman en palancas contrarrevolucionarias.

Por el contrario, y en nombre de la lucha contra esos vicios, se cayó en la otra unilateralidad: eludir, como cuestión de principios, toda confrontación o ruptura que arriesgara llegar a llo límites de la insurrección. Lógica consecuencia de esta postura: se echó al olvido toda “tecnología” de la insurrección y hasta de la mera defensa conduciendo por esa vía a desastres de tanta o peor envergadura.

La referida simplificación reposaba sobre una ilusión: había un “umbral”, el de la “toma del poder” que, traspasado, inauguraba la época de la revolución sin retorno posible.

A su vez esta ilusión emanaba “naturalmente” de un equívoco: el socialismo era una consecuencia necesaria del capitalismo y dicha “necesidad” estaba demostrada científicamente. Por lo tanto la revolución triunfaría ineludiblemente. Los revolucionarios trabajaban a favor de la historia provistos además de una demostración científica de ello. El socialismo no se instalaba en el mundo debido a ciertos hechos y fuerzas antihistóricas que, removidas (tarea esencial de los revolucionarios), dejarían el camino expedito. Los cañonazos del crucero Aurora anunciaban no sólo un hecho bélico sino la apertura de una era irreversible.

El umbral del Paraíso

El equívoco estribaba en la confusión entre la necesidad del análisis científico para el estudio de la realidad (para transformarla) y la futurología en nombre de una pretendida ciencia. El monopolio de la “verdad”… Desde ahí hasta el despotismo no hay más -no lo hubo- que un paso. Desde ahí hasta considerarse por sí y ante sí representante científico de los intereses de los trabajadores y en nombre de esa certeza sustituirlos, no hay más que un paso.

No hay un umbral que dé entrada al Paraíso. En todo caso los hay infinitos antes y después del de la toma del poder (umbral que hay que traspasar).

Cuando la emancipación de los trabajadores, o sea de la inmensa mayoría, sea obra de los trabajadores mismos, entonces sí se habrá traspasado un límite de envergadura histórica. Pero luego habrá otros.

¿Cuál es el principal papel de los revolucionarios? A nuestro juicio no es la toma del poder (ese es el principal papel de los conservadores): su principal papel es la lucha por los cambios. La toma del poder no es más que una función de esa lucha. Cuando esto fue olvidado, la práctica se encargó de mostrar partidos que luego de tomar el poder fueron tomados por el poder.

Entre otras cosas porque los cambios revolucionarios deben conducir a la desaparición de los partidos y de su necesidad. Que el poder inmediato, el de todos los días, lo tiene el Estado y su fuerza, es una realidad incuestionable y evidente. Pero no es toda la realidad.

Es por ello que la revolución inicia su camino más difícil después de la “toma del poder” y no antes.

“El poder nace del fusil”… Pero antes tuvo que ser engendrado y después tiene que crecer y desarrollarse.

Es peligroso ganar elecciones y pretender, con el apoyo de la mayoría, hacer cambios de fondo si no se cuenta con el apoyo de la fuerza.

A su vez la fuerza, la lucha armada, no tiene propiedades “purificadoras” por sí misma. Ella también puede servir para la contrarrevolución. También para generar las más crasas burocracias.

El poder descansa en la economía y en la conciencia de las grandes mayorías.

Puede mantenerse gracias al Estado sin el apoyo de las mayorías sólo mediante la fuerza. Pero eso dura históricamente poco. Yo no dura mucho ni poco, prácticamente no existe, sin el poder económico.

En la sociedad actual este poder, creado por los que trabajan, está secuestrado (expropiado) por una minoría (los dueños del gran capital). Pero lo está a nivel mundial. Es por ello que las tareas más difíciles comienzan después de la “toma del poder”: expropiar a los expropiadores genera confrontaciones decisivas para el mantenimiento o el cambio del sistema. Dichas confrontaciones, desde que el sistema es mundial y así se organiza, fueron, son y serán también y muy especialmente en el terreno económico (desde los bloqueos hasta la compra de conciencias. Desde los sabotajes financieros y comerciales hasta la compra de mercenarios).

Potenciar el poder económico que ya se tiene, recuperar el expropiado total pero también parcialmente, paso a paso, según se pueda, es vital para los trabajadores.

Aquella concepción que creía en el umbral, junto (aunque enfrentada) a la que proponía eludir todo tipo de confrontación, generaron una dicotomía tajante: o reforma o revolución.

Maniqueísmo que conduce por senderos unilaterales. Reforma y revolución es el camino de los trabajadores. Ello nada tiene que ver, forma parte de una discusión distinta, con el tema de cómo actuar en los momentos de ruptura.

Ni tampoco con la polémica en torno a si hay que embellecer el capitalismo reformándolo (de eso se encargan, cuando pueden, los propios capitalistas) o si hay que cambiar el sistema.

La cuestión militar

La cuestión militar contiene, junto con la más grande abnegación que se le puede pedir al ser humano (la ofrenda de su vida), el peligro de las más grandes tentaciones. Mientras la tecnología no cambie la realidad, toda organización militar deberá ser centralizada, autoritaria, secreta y monopolizadora de la información) es poder.

Hoy, no sin marcas en el pellejo aprendimos que revolución es aquella en la que el poder está directamente, sin mediatizaciones de ningún tipo, en manos del pueblo. Que el poder lo toma y lo debe tomar la gente, para que esté a su servicio y nada más que al suyo.

Que el poder se compone necesariamente de la garantía armada, pero no exclusiva, y menos, suficientemente.

Que lo único que tiene propiedades purificadoras contra la tentación mezquina o autoritaria es la convicción antedicha.

Que la Revolución es muchísimo más que la simple “toma del poder”.

Que no empieza ni termina con dicho acto histórico: empieza hoy mismo, en cada uno y en cada organización, pasa ineludiblemente por “la toma del poder” y sigue después, enfrentando en ese “después” los peores desafíos.

Que todo aparato, sea de la índole que sea, genera deformaciones como secreción natural de su existencia. Pero también la otra verdad: que sin organización es utópico plantearse la lucha en cualquier terreno y que, además, es un atributo inalienable de la libertad organizarse para luchar, unir en organización a todos los que tengan propuesta y, al mismo tiempo, garantizar y aceptar la pluralidad de las propuestas, organizadas o no.

Que la revolución se produce cuando las ideas y la práctica de la mayoría son revolucionarias.

Que la vida saben ofrendarla generosamente no sólo los que tienen armas en la mano sino también los que pelean desarmados… Porque todo es pelea y toda pelea es imprescindible.

La Revolución no es un resultado automático y fácil de la toma de un cuartel ni la de una fábrica. Ella sólo se produce cuando en el cuartel y en la fábrica hay corazones y cerebros revolucionarios. Desde ese día comienzan a desaparecer cuarteles y fábricas…

Un hombre armado mata y oprime al pueblo, mata y oprime, en nombre de la democracia o del socialismo, de la libertad incluso, cuando en su corazón y en su mente reina el egoísmo y la mezquindad.

Mata y oprime también cuando está equivocado. Que la verdad no es poca cosa. Egoísmo y mezquindad son formas del error pero no las únicas.

Defiende al pueblo con su vida cuando en su corazón y en su mente reina la generosidad fraternal y la grandeza hasta el extremo, que no lo es, de respetar y acatar a la mayoría cuando piensa diferente.

El poder no se toma: se va tomando. La revolución no se hace: se va haciendo.

Se toma y se hace conquistando en buena ley el corazón y la conciencia de la gente, para lo cual es imprescindible dejar que la gente conquiste nuestro corazón y nuestra conciencia.

Para que este último requisito sea posible, es necesario dejar de lado la soberbia intelectual, sin olvidarse de aquella, la más formidable de todas, que vértebra todo tipo de demagogia: tanto la que le dice siempre que sí a la mayoría para “quedar bien”, ganar votos y engañarla, como la que se disfraza de pueblo. En política, la cola del pavo real casi siempre es la capa de un pobre aunque, como lo dijo el filósofo, a través de sus agujeros se vea la vanidad.

Si se cae en los errores y crímenes que venimos señalando, aún cuando se lo haga en nombre de los más sagrados ideales, el poder se irá perdiendo y la revolución deshaciendo.

Ningún proyecto revolucionario que merezca el nombre de tal pasa por la muerte. Por el contrario, merece tal calificativo cuando es una grandiosa apuesta a la vida y es sólo por eso que los pueblos ofrendan la suya. La tristeza es siempre una consecuencia de la contrarrevolución. La sonrisa es el emblema de los mejores sueños.

Y por la muerte se pasa a través de varios caminos y no sólo por el de la sangre: matando la iniciativa popular y su creatividad con la fuerza de los aparatos; sustituyendo la soberanía de los pueblos por la imposición de las elites; congelando el fermento de las ideas por el asesinato del pluralismo en nombre del monolitismo y por la aniquilación de las minorías en nombre de la unidad; monopolizando y ocultando la información -como todo oscurantismo lo ha hecho siempre- para abortar la cultura y el poder de decisión de la gente; huyendo del aire libre en nombre del necesario secreto -casi siempre inventado- para cocinar en ámbitos cerrados a cal y canto las grandes componendas.

Alguien dijo hace poco que ningún paraíso es construible sobre un cementerio económico. Es verdad, pero nosotros agregaríamos que tampoco lo es sobre la base de un campo santo cultural y moral, aun cuando las cifras de la economía se muestren florecientes. Tampoco lo es sobre la base de un tendal de tumbas llenas de silencios y mordazas sobre las que campea la voz del burócrata en el altoparlante, cumpliendo la orden que como a toda protuberancia gris le dieron: sí señor, sí señor…

De medios y fines

Los cambios (las revoluciones) no son fines en sí mismos. Tienen sentido sólo y cuando persiguen objetivos superiores. Si bien la superioridad de un objetivo puede ser tela de juicio y asunto de debate desde que es inherente al ser humano establecer escalas de valores y estos a su vez pertenecen por lo general a la ética, a la estética, a la religión o a la filosofía, queda claro que lo que puede discutirse es la superioridad. Está fuera de discusión proponerse objetivos inferiores.

Por lo tanto los cambios son el modo de conseguir los objetivos. De otro modo carecen de sentido o son francamente regresivos. Esta obviedad se refiere, sin embargo, a cuestiones importantes. El fin no justifica los medios pero tampoco se puede caer en la ideología de que los medios son más importantes que el fin: cambiar por cambiar, confrontar por confrontar, etc., independientemente de los resultados, conduce a un solo gran resultado: el desastre. El desprestigio de medios y de fines. Discutir si en el marco de un proceso habrá rupturas y confrontaciones más o menos violentas teórica y del análisis científico pero también de la voluntad del enemigo. No es una cuestión de principios ni mucho menos. Cuando dicha discusión está despojada de a -priorismos se descubre que el dilema no existe aún cuando puedan existir discrepancias.

Pero cuando el dogmatismo o la lucha por otras razones establecen a-priorismos se cae inexorablemente en dos actitudes metafísicas:

a) Buscar la ruptura o la confrontación como sea. La consecuencia será el putsch, la aventura, el vanguardismo…

b) Eludirla como sea. La consecuencia será la claudicación o la lisa y llana traición.

Ambas le han costado al movimiento obrero y a los pueblos ríos de sangre y desesperanza porque al final de su camino está siempre esperando la debacle.

Los socialistas somos partidarios de la paz. Deseamos fervientemente que los cambios por los que luchamos sean realizados por vía pacífica. Estamos, además, dispuestos a luchar para que ello sea así porque entendemos que sólo las grandes mayorías podrán llevar adelante y decidir dichos cambios. Sólo quien proyecta defender una situación o cambiarla en base a una minoría debe pensar en la violencia en todas sus formas.

Pero una larga historia, de siglos, y una racional previsión basada en el análisis de ese pasado, este presente y el próximo futuro nos hacen temer como lo más probable la violencia cruenta desencadenada por la minoría en defensa de sus privilegios. Mientras eso sea así sería suicida y criminal fomentar falsas ilusiones y desprevenir a los trabajadores y al pueblo.

Por el contrario, estos deben ser asuntos del debate popular. La democracia no puede detenerse en la puerta de los temas decisivos y vitales en el más pleno sentido de la palabra.

Por otra parte el derecho a la vida, a la rebeldía ante las tiranías a la defensa en caso de agresión extranjera, están universalmente reconocidos. Son irrenunciables. Pero dichos derechos serán puramente formales mientras los pueblos no sepan cómo ejercerlos ni tengan con qué. La democracia tampoco puede detenerse ante el portón de los cuarteles. Dicho de otro modo: es un derecho de los pueblos aprender a defenderse y tener armas.

Por otra parte si bien fomentamos y defendemos el respeto a toda clase de minorías y su derecho a expresarse, también reconocemos el derecho de las mayorías a que sus decisiones sean acatadas siempre que no atenten contra los Derechos Humanos y hayan sido tomadas en igualdad de condiciones.

La violencia es un mal ya que hasta en los casos extremos extremos en los que su uso se justifica, ello se hace en el entendido de que es un mal menor o dicho de otro modo, para evitar o combatir males mayores.

De ahí la superioridad ética de la lucha no -violenta y la de la no- violencia activa que, además, puede tener, en ciertas circunstancias, un insuperable valor táctico además de su claro valor estratégico.

El socialismo

“No somos de esos comunistas que quieren aniquilar la libertad personal y hacer del Estado una gran cárcel o un gran cuartel”. Marx.

La empresa capitalista ha demostrado muchas veces (no siempre) ser más eficaz y hasta más eficiente que la empresa estatal. Aunque no debe olvidarse que las empresas estatales han estado y están al servicio de los capitalistas o de los burócratas.

No discutimos hechos emanados de la realidad. Lo que sí cuestionamos es la subrepticia identificación de empresa capitalista privada con iniciativa privada (que puede ser de un capitalista pero también de un obrero, una cooperativa, una asociación de vecinos, etc.).

El capitalista destruye y anula la inmensa mayoría de las iniciativas privadas. Una de sus características más escandalosas es el colosal desperdicio de trabajo, inteligencia y riqueza que lleva a cabo. El capitalismo sólo fomenta y admite la iniciativa privada (Por regla general proveniente de obreros, científicos, etc., NO CAPITALISTAS) cuando ella le da ganancias a un capitalista concreto.

Ni siquiera lo hace cuando simplemente da ganancias.

No concibe, no puede concebir, que una empresa dé ganancias que no se puedan apropiar.

Los servicios públicos, la cultura, los Estados, sirven, según su concepción, en la medida que acrecienten sus ganancias particulares o reproduzcan el sistema que lo permite.

Cuando admite la iniciativa privada (“que no da ganancias”) la confina en las obras de caridad funcionales al sistema entendiendo que ese es un acto apartado de la “economía”. Que pertenece más bien al rubro de los “hobby”.

Tiene, está obligado a tener si quiere seguir siendo lo que es, una visión parcial y distorsionada de la economía.

Un ejemplo desastroso de ese primitivismo es el colapso ecológico que ha provocado. Desastre que a la humanidad le va a resultar más caro que todas las ganancias acumuladas gracias al despojo vandálico que se le hizo al mundo. Vandalismo que desde el punto de vista de su ciencia económica no es ni puede ser tal desde que las cuentas “cierran” dejando ganancia. Ahora el sistema capitalista, o parte de él, corre presuroso a corregir el error en una operación de salvataje del sistema y no de la naturaleza.

Esa es su dinámica. No puede ser otra: vivir corrigiendo los desastres que permanentemente genera, siempre y cuando corregirlos sea imprescindible para mantener el sistema. La reconstrucción de Europa occidental después de la II Guerra Mundial es otro ejemplo.

En fin: en el sistema capitalista la iniciativa privada (así sea la de Einstein) debe pasar por la “aduana” de alguna empresa o, en el mejor de los casos, la de algún organismo estatal al servicio de las empresas o las burocracias.

El socialismo se propone abrir las puertas a las iniciativas privadas derribando esas barreras.

Las únicas “aduanas” que se deben poner ante los individuos y sus iniciativas en todos los órdenes son aquellas que impiden que la iniciativa privada de unos pocos destruya la iniciativa privada de la mayoría.

El capitalismo no sólo no pone esas barreras sino que abre anchas avenidas para que por allí pasen los blindados de su empresa y nadie más.

Mediante otra subversión ideológica esto se hace en nombre del derecho a la propiedad privada. Al mismo tiempo que se le niega ese derecho a la inmensa mayoría. Mejor dicho, se aplasta el derecho a tener ese derecho, procediendo a una gigantesca expropiación de individuos, naciones, continentes, grupos étnicos, etc.

Mirando las cosas desde este punto de vista el socialismo no es una subversión sino el esfuerzo por poner las cosas en su lugar y terminar con el caos.

La vieja consigna socialista que dice “De cada cual de acuerdo a su capacidad y a cada cual según su necesidad” es una apoteosis del individuo y de la propiedad privada para todos y no para una minoría. Es incluso una apoteosis del ser humano concreto sobre lo colectivo abstracto. Entendemos que no puede haber una sociedad justa “en general” que no lo sea para cada uno/a en particular. Una asociación de seres humanos que en nombre de la liberación no libere a cada uno/a de sus miembros.

En ese sentido el socialismo, que se caracteriza por la propiedad social de los grandes medios de producción, es la mejor posibilidad de liberar al ser humano de la esclavitud de la necesidad y también de la explotación de uno/as sobre otros/as y de todas las formas de opresión. (económica, nacional, étnica, etaria, sexual, religiosa, etc.). Pero no creemos que con dicha socialización baste.

Mucho menos que con la simple expropiación de los medios de producción y su administración por el Estado baste. No sólo no basta sino que puede ser peor. Por el contrario, nuestro objetivo es la disolución del Estado.

Entre el “jean” y las lentejas

Los burócratas que en nombre del socialismo se adueñaron del poder del Estado reproduciendo de un modo peculiar los valores del capitalismo, introdujeron la confusión entre socialización y estatización. Sólo ellos y los capitalistas -porque los convenía- entendieron y predicaron que eso era socialismo.

Mediante otra subversión ideológica unos y otros, confundieron la lucha de los seres humanos por la igualdad con el grueso rasero del igualitarismo burocrático, traicionando aquella otra vieja consigna socialista que dice “De cada cuál según su capacidad a cada cuál según su trabajo”. El capitalismo no permite como ya vimos que cada ser humano aporte su capacidad. La burocracia tampoco. Ni unos ni otros retribuyen según el trabajo. Por el contrario unos y otros se apoderan del trabajo de los demás. Ambos -mucho más la burocracia- necesitan para ello de poderosos aparatos estatales.

Nosotros entendemos que mientras haya necesidades humanas de carácter material y vitales no satisfechas, seguirá habiendo necesidad de Estado y de “economía política”. Mientras esa escasez exista seguirán generándose valores insolidarios en la lucha por la vida. Y en esa lucha, la retribución del trabajo aportado al conjunto debe ser de acuerdo a dicho aporte, porque en esas crueles circunstancias la más alta solidaridad es el trabajo. Sólo los burócratas y los capitalistas pueden ser partidarios de retribuir por no trabajar o de no retribuir por lo que se trabaja. Sólo el egoísmo mezquino e irracional de una minoría puede levantar como “valores” el sobreconsumo y el asco -o el miedo- al trabajo. Porque la cuestión no es sólo repartir con justicia lo que hay sino también lo que no hay. La riqueza disponible pero también los trabajos desagradables y la escasez.

Olvidar este triple sentido del reparto es olvidar la lucha contra los explotadores sean de la calaña que sean. Esa distracción también le costó muy cara a los trabajadores. Mientras dichas escaceses existan será necesario, lamentablemente, no sólo administrar las cosas sino también los distintos intereses sociales (las personas).

Se ha dicho que esta es una utopía irrealizable. y se lo ha dicho desde el examen de experiencias concretas llevada a cabo a veces en un grupo de países pobres rodeados por un mar planetario de capitalismo.

A su vez se ha incurrido en el error de pretender una defensa acatando esa ideologización que acepta el sofisma.

El capitalismo como sistema mundial acorraló múltiples intentos, algunos frustrados de inmediato, otros con mayor tiempo de aplicación, mediante bloqueos, guerras, sabotajes de todo tipo, etc.

A la postre, cuando fallaron -gracias al heroísmo de las multitudes- los “argumentos” de la guerra más desembozada, terminaron triunfando los “argumentos”, estratégicamente decisivos, de la simple mercancía. Asistimos, por la otra parte, al penoso (incluso a fuer de sincero) esfuerzo de “inventar” los modos de combatir las expresiones materiales,sociales y políticas emanados de los “valores” del egoísmo irracional, ante la avalancha de la escasez o simplemente de la mercancía y el consumismo… Tarea de cíclopes casi siempre destinada al fracaso mientras la derrota del capitalismo no se produzca a una escala internacional que a su vez genere condiciones determinantes. Dicho de otro modo, mientras el socialismo no sea un sistema “a escala”.

Por poner un solo ejemplo: La heroica Cuba debe hoy plantearse (en realidad desde hace muchos años se lo plantea) cómo construir el socialismo no sólo sin el apoyo de la clase obrera norteamericana sino contra el imperialismo de ese país. Resulta fácil comprender el tamaño de dicha empresa. ¡Qué distinto sería si pudiera contar con esa solidaridad y no tener que enfrentar esa agresión sino todo lo contrario! En ese caso sería inconcebible que una mercancía tan simple como un par de zapatillas de cierta marca pudiera dar de sí valores insolidarios, originar colas, tristeza por necesidades insatisfechas.

Un blue-jean o un plato de lentejas pueden tener ese “efecto” -y lo tienen con más fuerza que nada- cuando se anda desnudo/a o con hambre. La polémica entre estímulos materiales o morales sólo puede tener sentido en el mundo de la escasez -a veces de la escasez atroz-. La comida, para una sociedad de hambrientos deviene imperativo moral y estímulo revolucionario, aunque en las universidades bien alimentadas pase por cosa demasiado prosaica.

Recreando la “utopía”

Por lo general los capitalistas, y a veces muchos socialistas, cuando piensan en la posibilidad de realizar “la utopía” lo hacen siempre a partir de esa inferioridad de condiciones casi total que dan por descontada. Sin embargo, hasta los organismos internacionales en manos hoy de países capitalistas, reconocen que solamente con la riqueza que se dilapida en gastos militares bastaría para resolver las más grandes necesidades materiales de la humanidad.

Producto indirecto de esta subversión ideológica y política ha sido la elaboración “teórica” que contrapone, nuevamente de forma maniquea, mercado con planificación, llegando a niveles metafísicos.

Se cuestiona la planificación en base casi siempre a la maciza peripecia burocrática sin libertad, participación, ni democracia que se llevó a cabo en algunas malas experiencias. Se postula el mercado en base a la muy interesada visión de un puñado de empresas monopolistas transnacionales que desean campo abierto a su acción asoladora.

Nosotros entendemos que ambos aspectos de la contradicción edificada no se oponen. Postulamos la planificación sometida al examen del mercado y corregida permanentemente en consecuencia. Sospechamos que luchar por disolver el Estado es también una apoteosis del mercado supremamente libre. Pero libre de verdad.

Para finalizar, no creemos posible para el logro de los objetivos propuestos, el camino de la reforma del capitalismo o su embellecimiento. Han sido dichas ya una cuantas características que son inherentes al sistema, que no sólo impiden su “reforma” sino que generan de modo permanente e inagotable los “valores” y las condiciones materiales y políticas que actúan contra la posibilidad de una superación del capitalismo en el marco del capitalismo.

Se confunde adaptación con superación. El capitalismo ha mostrado una proteica capacidad de adaptación, incluso a sangre y fuego. Siempre para peor. A lo largo de mucho tiempo ha reinado sobre la tierra. Ha tenido la posibilidad de agotar alternativas. Ninguna de ellas ha conducido al bienestar de la mayoría. Por el contrario, lo que hoy nos muestra a nivel planetario es un agravamiento, de horror, de las consecuencias de su sistema. Peor: de las consecuencias imprescindibles para que el sistema siga en pie y se reproduzca.

Además es notorio que prácticamente todas las propuestas de reforma o embellecimiento son tendencialmente socialistas o socializantes aún cuando ellas se hagan para frenar la caída del capitalismo. una especia de -como decía el filósofo- tributo que la hipocresía le paga a la virtud.

La democracia capitalista es parcial y lo es en grado sumo.

Ella se detiene ante una serie de portones. Allí no entra. Ante el portón de la fábrica; de los cuarteles; de los bancos; de los canales de T.V.; de los otros grandes medios de comunicación e información; de los partidos políticos… Se detiene ante los legajos de los grandes títulos de la propiedad abusiva. Se detiene, en fin, ante todos los lugares donde se toman o gracias a los que se toman, las más importantes decisiones. Las que habrán de determinar el futuro de las grandes mayorías. Se detiene también ante el portón de los almacenes de alimentos. Su democracia no llega ni tan siquiera a la hora de comer. Bochorno para todos los seres humanos, coman o no.

Luchar por la democracia en su pleno y cabal sentido, en su sentido completo, sin portones ante el paso de la gente, conduce a otra sociedad. Para nosotros esa sociedad se llama socialista. Sin la democracia, los/as trabajadores/as, aunque crean vencer, serán vencidos/as: de entre sus propias filas surgirán los/las nuevos/as explotadores/as.

Para los/las trabajadores/as y el pueblo el compromiso con la democracia es un principio. Ella es el idea de una sociedad solidaria de personas libres e iguales. Sin ninguna clase de opresión ni discriminación.

Es por eso que defendemos la democracia actual -producto de la lucha popular y no de la generosidad capitalista frente a todo intento de limitarla aún más. Sólo aceptamos como alternativa un sistema con mayor democracia.

Ya dijimos que para nosotros la emancipación de los trabajadores (o sea de la inmensa mayoría) será obra de los trabajadores mismos. Ello conlleva una concepción directa de la democracia en todos sus aspectos.

Estamos en contra de los diversos modos de intermediación que, como la experiencia muestra, sólo sirven para manipular en contra de las grandes mayorías los resortes del poder, generando además nuevas modalidades de opresión. Si el poder, como ya vimos, descansa en la conciencia de las mayorías, ellas deben ejercerlo directamente. El poder no es para un partido ni para un ejército por más que se crea o diga representante de los intereses de la mayoría.

Gobierno y democracia directa. Capacidad de ser todos electores y elegibles. Revocabilidad de los mandatos otorgados. Transparencia en la gestión de los asuntos públicos. Descentralización del gobierno. Transferencia del poder desde el Estado hacia todas las formas imaginables de organización social de base. Fortalecimiento de la sociedad civil. Democratización y transferencia desde los centros de poder hacia la gente de los medios de comunicación y de información. Enflaquecimiento de los aparatos estatales hasta llegar a su disolución pasando de la administración de los seres humanos y las cosas, a la simple administración de las cosas. El pluralismo es inseparable de este concepto de la democracia. Es un atributo inalienable de la libertad el derecho a organizarse por afinidad. Sea para lo que sea. Con el único límite colocado en el respeto al mismo derecho en los demás.

El pluralismo es natural en todo tipo de actividad colectiva (un país, un sindicato, un club…). Es, además, la garantía de que los/as afines de puedan organizar separadamente del modo que estimen más conveniente. Es garantía incluso de la homogeneidad y coherencia de dichas asociaciones -partidarias o no- cuando desean tener esos atributos y en la cantidad y calidad que deseen tenerlos. Garantía de “poder irse” cuando se entiende que el ámbito organizado ha dejado de interpretar lo que se desea. Garantía de poder expulsar cuando se entienda que alguien es incompatible con el ámbito.

Pero la garantía del pluralismo reposa sobre el hecho de que una vez debatido, acordado y decidido, la resolución se aplica. Porque si lo plural cuando acuerda no ejecuta, se desnaturaliza o se transforma en una dictadura de los saboteadores, las minorías, la inacción y la esterilidad. Ese diabólico mecanismo ha sido usado por las más conspicuas burocracias para matar el pluralismo. El derecho de las mayorías a que sus resoluciones se apliquen tiene dos límites: el respeto a las minorías, y el respeto a los Derechos Humanos (incluido el de huelga). Los Derechos Humanos son el sello de distinción del socialismo.

Para que todo esto sea posible debe regir la más irrestricta libertad de prensa y por lo tanto de crítica.

Burocracia

La burocracia merece un capítulo aparte.

Si al comenzar este trabajo hemos tenido que referirnos a las fuentes y a las fases de lucha para intentar describir el socialismo, al finalizarlo debemos referirnos, también forzosamente, a la burocracia y al dogmatismo -valga la redundancia- porque han constituido y constituyen, junto con el capitalismo (son en realidad suyos), el más grande peligro de las ideas socialistas. Han contaminado sus fuentes y han tergiversado y malversado sus promesas y esperanzas.

La postura que se tenga al respecto define también el socialismo por el  cual luchamos.

Dicha -proponemos- clase social ha mostrado a lo largo de la historia y a lo ancho de los diferentes sistemas, una pujanza y vitalidad (nocivas) mucho mayor de las que se le adjudicó tradicionalmente.

El proletariado se caracteriza por vender su fuerza de trabajo y ser eso, dicha fuerza, lo único que posee.

La burguesía, por se la dueña de los medios de producción, comprar la fuerza de trabajo y expropiar gran parte de su valor.

La burocracia no tiene o no quiere tener fuerza de trabajo ni para vender ni para alquilar; tampoco tiene capital ni medio de producción, pero cuando manda lo expropia todo: la fuerza de trabajo y el capital. Absolutamente todo.

Lo único que ella tiene es el poder. ¡Casi nada!

El proletariado vende su fuerza de trabajo y en ese hecho radica una cierta capacidad de propiedad: vende. Cuando le va bien, vende bien; cuando le va mal, vende mal. Le expropian siempre una parte de dicha fuerza. Pero hay otra de la que permanece propietario (el esclavo carecía de dichas atribuciones).

El capitalista, si bien se lleva la parte del león expropiando a los únicos productores reales, arriesga en cada emprendimiento su capital y siempre, la lucha con otros capitalistas. Sin piedad de ningún tipo. Podríamos decir que, en ese orden de cosas y aunque sea para perjudicar, trabaja. Hace algo. idea, inventa, improvisa, arriesga. Hasta para hacer daño se tiene que mover y a veces crear fuentes de trabajo.

Un burgués típico, en un capitalismo desarrollado, expropia la fuerza de trabajo de miles de trabajadores para producir algo, sea lo que sea. De ese típico burgués hacia abajo se va graduando (siempre dentro de la misma clase) la escala que lleva hasta la total improductividad.

Por esa escala de gradación podría llegarse hasta el burócrata. No tiene capital, no arriesga nada, no pelea contra otros burgueses, expropia todo lo que puede… Basa su dominación en el poder administrativo y/o político. Corre siempre con el caballo del comisario, apuesta al número que va a salir, no hace ni deja hacer nada. En suma: molesta, y cuanto más molesta más gana.

Esa es la clase social que tomó el poder en la URSS luego de muerto Lenin, y por consecuencia natural lo fue tomando en los demás países del llamado socialismo real. Es la misma que disfrazada de otro modo, toma el gobierno (a veces) en muchísimos países del capitalismo realmente existente. Es una clase o sector social, llámesele como se quiera, acérrimamente enemiga de aquella frase de Marx que decía: A cada cual según su trabajo; o de la otra más trivial y tan contundente, que decía y dice: El que no trabaja no come.

Vive para no trabajar, le tiene miedo y asco al trabajo, hasta incluso al poco o mucho trabajo que le da al capitalista ser capitalista y, repetimos, cuando toma el poder y manda, lo expropia todo: los medios de producción que estaban en manos de los capitalistas (los pasa a una entidad de la que ella es única dueña: el Estado). Expropia a todos los trabajadores y lo hace en mayor grado que el capitalista. Porque a partir de su gobierno nadie más, absolutamente, tiene derecho a vender su fuerza de trabajo o a no venderla. Todos y todo, absolutamente, queda bajo la égida de las normas administrativas bajadas desde el Centro. Esta clase social y su modus operandi genera estilos, culturas y formas de organización que le son vitalmente funcionales. Su vida misma depende de ellas.

Sin agotar el inventario podríamos describirlas así: una gran capacidad, eximia, para adular a los de arriba, serruchándole las patas cada vez que ello sea posible sin riesgo. Igual capacidad para pisar a los de abajo. La pirámide como idea organizativa que, mirada desde donde se la quiera mirar, deja intacta la tranquilidad pesada de que los de arriba pueden dominar a los de abajo. Un sofisticado y sublime dominio, que llega más allá de la erudición, de todo lo que sea reglamento y reglamentaciones. En realidad, para ellos la vida misma es una discusión reglamentaria. Una defensa y un amor entrañables y denodados de los límites, las alambradas, los sellos de goma y cualquier otro fetiche que establezca claramente que se debe pasar por su mostrador antes de respirar. Por lo tanto, y como es lógico, una organizatividad filosófica estamentaria: todo es cuestión de grados. La autoridad no emana de la autoridad sino del grado que se tiene, que se ocupa, que se logró o que se conquistó. Aquel a quien se le ocurra tener autoridad que emane de otra cosa (iniciativa, creatividad, inteligencia, trabajo, capricho, invento, descubrimiento, etcétera, etcétera) es el peor enemigo imaginable.

Terror al trabajo, incluido el intelectual, amor a la pereza y como sumum de la inteligencia, ganar sin hacer nada. Esto no es poca cosa: consideran estúpido ganar mucho trabajando mucho. Para ellos es tan peligroso no ganar como tener que trabajar. Por lo tanto, pelean a brazo partido en los dos frentes: sacar mucho a la hora del reparto de lo que hay, como poner poco a la hora del reparto de lo que hay que hacer. Para ello han montado una cultura y hasta un Derecho, por lo menos Administrativo, tendiente a demostrar que lo poco o nada que hacen es, además de importantísimo, impresionante.

La burocracia ha construido un típico modelo de organización política.

Este tipo de organización genera un modelo de militante apto para el microclima de su aparato y que, condicionado por él, pierde sensibilidad para captar el sentimiento de la gente, adaptarse a los nuevos tiempos y a sus cambios. Produce una visión de corto alcance que llega hasta los aledaños de la estructura aunque, al decir de Stendhal, “no ve más allá de su nariz pero de su nariz para atrás ve mejor que nadie”. Este tipo de militante termina transformándose en un “raro” que cree en sus propios ´”versos” y cae fatalmente en esquematismos y dogmas. Llega incluso a hacer un mérito de su rareza “(“carisma” llaman a esto en toda jerga religiosa y de ahí las sotanas, las cabezas rapadas de los bonzos, las camisas pardas, las capas rojas de ¨Tradición, Familia y Propiedad… y en general todo uniforme que diferencia de los demás e iguala a los “elegidos”). Una organización tal genera forzosamente una estructura altamente centralizada, verticalista, intolerante, llena de formalidades reglamentarias y litúrgicas que incluye una jerga propia, por lo general tan inextricable como el latín, destinada a impresionar a los otros a falta de otra cosa. Ello sirve para “seleccionar”, o sea para impedir el ingreso de la gente y expulsar a quienes discrepen. A los que quedan luego de esa operación se los consulta “democráticamente” sabiendo de antemano el resultado. En ese caldo de cultivo prosperan los verbalistas capaces de soportar larguísimas reuniones, hablar hasta la extenuación y convencer de que esa es la quintaesencia de la militancia.

Cuando de vez en cuando “bajan” hacia la gente (por regla general “atrasada” políticamente), lo hacen para imponer las elaboraciones de sus esotéricos conciliábulos.

Poliedros

Dicho sistema organizativo, cerrado al control popular, resulta campo expedito para los arribistas, es decir para quienes por adaptación biológica, resistentes a los ámbitos anaerobios, conocedores del laberinto reglamentarista y de las intrigas de pasillo como de la palma de su mano, pueden, mejor que nadie, trepar por ellos dedicándose en cada peldaño alcanzado a poner trabas a los de abajo y del costado e incensar los ojos y serruchar las patas, de los de arriba. La intolerancia pasa así a ser regla general. El “cuadro”, alguien que, como los herbicidas sistémicos, mata todo lo que no controla y, por las dudas, lo que no entiende. Lo peor es que como está muy ocupado, entiende poco..

Y está muy ocupado porque acapara tareas, responsabilidades, controles, y pasa la vida escudriñando con desconfianza qué pasa allí donde no ha logrado acaparar. Se rodea de incondicionales que, por definición, son obtusos y grises, generalizando en la organización este tipo de ángulo y color. Ataca todo lo que brilla porque compite. Le tiene terror a la más mínima autonomía de algo o de alguien. Poliedro, sólo cree en los cubos para fabricar pirámides.

Este tipo de organización eclesiástica viene a ser confortable y segura para todos aquellos que le tienen miedo a la libertad. Permite vivir sin el riesgo de pensar. El autoritarismo en ellas no sólo proviene de arriba; por el contrario, la mayor cantidad proviene de abajo. Ni Stalin ni Hitler se explican solos. Son un resultado.

Para ello necesitan como el aire a los ídolos y a los catecismos. Se alienan por tanto en los líderes y en las “teorías” (que devienen teologías”. Cuando ambas cosas entran en crisis, estas organizaciones entran en crisis pero por poco tiempo, ya que cuanto antes, sustituyen una estatua por otra y elaboran un nuevo catecismo. Pueden llegar a vivir períodos de rabiosa iconoclastia, cuyo fin empero es simplemente sustituir la iconografía. Ello es así porque la causa de fondo que origina estos fenómenos sociales, es la economía. Poco interesa el adulado cuando lo que más interesa es la adulonería. Con tener qué adorar, poco importa qué se adora… Vieja sabiduría humana que para Occidente ya está desde hace mucho explicada en la Biblia y el Corán.

Como los catecismos deben tener la autoridad que los mediocres no pueden, ella por lo general se basa en grandes hombres y en grandes pensamientos, pero como ambos son peligrosos si alguien los lee “en directo”, para catequizar se utilizan “manuales” e “interpretaciones” cuidadosa y sañudamente elaboradas por “los Doctores de la Santa Iglesia”. No cualquiera puede darse el lujo, o tener, el atrevimiento de interpretar la Biblia por la libre. La tarea de “Formación” pasa a ser vital y, puesta en marcha con los debidos manuales, la lucha ideológica se transforma en una guerra santa que justifica todos los medios. Ideología y ciencia, cosas que por su naturaleza deberían ser el campo de la más irrestricta libertad y el más grande respeto por el pensamiento de las minorías, pasan a ser el coto privado de la inquisición y la intolerancia. Si el que dos más dos son cuatro llega a ser posición de la minoría (cosa posible en el reino de los mediocres), se sostendrá contra viento y marea que dos más dos son cinco si ello es opinión de la mayoría. Cualquier otra idea será una peligrosa desviación. El más craso idealismo filosófico desafiará la más cruda realidad. La virginidad de María pasará a ser artículo de la fe precisamente por ser absurda. Sostenerla hasta la muerte, confesarla, será expresión de firmeza ideológica. “Porque es absurdo creo”, decía Pascal.

Cuanto más complicada sea la teoría, mejor. Cuanto más difícil, mejor. Cuanto más intelectual y “formado” se necesite ser para entenderla y explicarla, mejor. Como en toda religión, los sumos sacerdotes deben reservarse el esotérico ámbito de la interpretación. El brujo más primitivo de la humanidad ya había descubierto esa forma de dominación.

Por regla general, un obrero de carne y hueso no puede entender el marxismo-leninismo al uso. Ello es privativo de los pequeño-burgueses leídos. De allí a declararse, por resolución de mayoría, vanguardia de tal o cual clase e intérprete de los intereses históricos de la misma, no hay más que un trámite. Si dicha clase opina lo contrario, peor para ella.

Como todo aparato de esta naturaleza deviene el reino de los mediocres, toda responsabilidad individual se diluye por un condicionado mecanismo de autodefensa, en organismos colegiados. Decía Kissinger que si un comité de dibujantes discute el dibujo de un caballo, por lo general sale un camello. A eso se le llama “hacer la síntesis”, “lograr el consenso”. Y si por milagro de una discusión de comités se produce la metamorfosis de caballo en camello, además de esa maravilla se agrega otra: nadie es responsable.

Este tipo de organizaciones se transforman en medios de dominación y hasta de vida de sus integrantes; por lo tanto, es prácticamente imposible que den origen a una más grande.

El sectarismo pasa a ser una razón de ser. Si no hay discrepancias con otras, se las inventa. A eso por lo general se lo denomina “marcar perfil”. Hay que sacar declaraciones sobre todo de lo que pasa en el mundo. Si el negocio es ser radical, ponerse siempre a la izquierda del último. Si el extremismo debe ser de centro, colocarse siempre allí, desesperadamente. Si la vocación es de derecha, no darle la derecha a nadie.

La única manera para que una organización como éstas pueda incorporarse a otra es dominándola. Fagocitándola. A eso y sólo a eso le llaman Unidad. Su grandeza no llega más allá del estómago. Lo que explica la voluntad personal de adherirse a organizaciones así, por la tranquilidad que dan y el remanso intelectual que significan en un mundo tan caótico, es esa tendencia ancestral de volver el regazo de mamá, a su tibio líquido amniótico, al acurrucado y confortable estado fetal.

El dogmatismo constituye la ideología -en el peor sentido de la palabra- de la burocracia. Esta se caracteriza por no tener ideología propia, adaptarse a la que le convenga en cada circunstancia histórica para adueñarse del poder pero siempre, absolutamente, la expresará de un modo dogmático. Confunde teoría y programa con ideología, dándole al confuso conjunto el carácter de dogma único. De allí pasa a impedir la lucha de ideas, la elaboración teórica, sentirse dueña de la verdad revelada y autoproclamarse vanguardia. Es por ello que nuestro único dogma debe ser la lucha contra el dogmatismo.

Herencia y compromiso

Para nosotros, las fuentes de nuestro pensamiento son herencia histórica, acumulación de experiencia e instrumentos para el análisis de la realidad. Nada más. Rechazamos la pretensión de establecer interpretaciones, objetivos e instrumentos de carácter inmutable y la práctica escolástica de sustituir el análisis concreto de las situaciones concretas con formulaciones teóricas realizadas para realidades y procesos diferentes al nuestro. Por la misma razón, rechazamos la actitud acrítica y esclerosante en el examen de esas mismas fuentes. Porque ese fue el golpe más grande que se le dio a los miles de hombres y mujeres que con su elaboración teórica y su acción dieron origen a esa riqueza inagotable despojándolo de su siempre viva fecundidad creadora.

Dijimos que los cañonazos del crucero “Aurora” no anunciaban el advenimiento de una nueva era “científicamente” irreversible…

Anunciaron sí el de algo más vivo, rico, noble y generoso: el de los tiempos en los que pudo demostrarse que una insurrección obrera podía triunfar a la hora crucial de tomar el cielo por asalto para enfrentarse luego con los grandes desafíos. Incluso los de la traición de tanto heroísmo.

Pasó con ella lo mismo que con todo/as los hombres y mujeres que dieron origen a cualquiera de las tres fuentes en las que nos apoyamos, desde hace dos mil años hasta hoy.

Nosotros asumimos todo ese pasado y lo asumimos completo. Estamos, y queremos estar de su lado. Seguimos, y queremos seguir, la misma lucha porque a nuestro juicio allí radica, para proyectarse al futuro, la única esperanza digna de los seres humanos.

8 de setiembre de 1993.

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