Por Federico Fasano.

Desde Montpellier, donde me encuentro con mi hija y yerno y nietos franceses, a donde partí desde Montevideo al día siguiente de haber asistido al entierro de un guerrero de la inteligencia, elocuente contendor de lo políticamente correcto, don Eleuterio Fernández Huidobro, escribo estas líneas sobre este hombre, tan polémico y singular, que unía lo cartesiano con lo pasional.

Para intentar evitar el coro de ceños fruncidos por no aplicar la ley de Lynch a los actos e ideas sembrados en la vida de Eleuterio, aclaro que fueron múltiples las polémicas y desacuerdos que he mantenido con este inolvidable portador de una prosa trepidante, de los cuales no siempre salí ileso. Él así lo describió en un artículo del 23 de setiembre de 2010: “No nos duelen prendas porque con Fasano hemos discrepado duramente. En recias polémicas llegó a acusarnos de león vegetariano. Asunto que ha quedado pendiente. Si discrepamos en el pasado, discreparemos en el presente y en el futuro porque así es la cosa, no queremos ser dueños de la verdad, pero no reconocemos propietarios en ese campo”. En otras tres oportunidades respondió a mis cuestionamientos, con una feliz destilación de su elocuencia esdrújula, a través de artículos que tituló, para dejar en claro de qué se trataba, ‘Meadas’ el primero, ‘Bosta’ el segundo y el tercero lo atenuó identificándolo como ‘Maquillaje’. Era un lujo tenerlo de oponente y aun en las más duras polémicas no apeló nunca al golpe bajo, y ese mismo artículo de 2010 reconoció que “Fasano fue el mejor vespertinista de la prensa uruguaya y en aquellas tardes de lucha, miles de personas, en especial los jóvenes, esperábamos sus diarios no sólo para saber lo que estaba pasando, sino también para participar en la nunca vista pelea que mantuvo contra la derecha que los clausuraba. Y en la noche más negra del terrorismo de Estado, lo encontramos entre nosotros mientras muchos se iban precipitadamente al mazo y especialmente cuando las papas quemaron”. Así era el Ñato y mi relación con él: implacable, feroz, sarcástico, pero de una honestidad intelectual que lo llevaba a elogiar al adversario superando la bronca cuando la verdad lo embestía.
Hago estas aclaraciones porque no se trata en estas líneas de exaltar a un amigo, que no lo era, sino de despedir a una de las espadas más importantes y creativas de la izquierda uruguaya y a uno de los mejores polemistas con los que me encontré en la vida, enfrentándonos en formidables batallas de ideas, sin el ánimo de vencer, siempre con las ganas de convencer.

Lo que más me duele es que Eleuterio se nos fue con la conciencia de haber perdido, de haber sido derrotado en su objetivo estratégico. Un hombre, decía el escritor francés Jean Cocteau, no puede ser admirado sin ser creído. Y a Fernández Huidobro no le creyeron.
Buscó siempre, desde que lo liberaron de la tortura del aljibe durante doce interminables años –como uno de los nueve rehenes, junto a sus grandes amigos, Mujica y Rosencof, con varios balazos en el cuerpo– privilegiar la utopía de Rosa Luxemburgo, descartando el legítimo sentimiento del rencor frente a los suplicios recibidos.

Hizo suyas las ideas de Rosa Luxemburgo: “La revolución no se hace contra el Ejército, ni sin el Ejército, sino con el Ejército”. El añejo clamor artiguista, “el pueblo en armas”, fue su paradigma para que la loba que parió la tiranía no volviera a estar otra vez en celo. Para que los uniformados no fueran otra vez presa de la seducción del poder oligárquico que les inoculó la libido dominandi, convirtiéndolos en mastines al servicio de los peores intereses económicos.

En mis polémicas con él, Eleuterio dejó claro que no ignoraba que los crímenes cometidos por los militares eran necesarios para instaurar el mundo del mercado; la oligarquía tenía que eliminar a miles de jóvenes innegociables para obtener sus objetivos, convirtiendo a muchos de los uniformados en seres de una raza inhumana que se dedicó a secuestrar, torturar, robar y matar a conciencia, en una orgía de sangre y maldad como no registra la historia uruguaya.
Pero ¿qué hacer ahora que la digestión de la historia les aplicó el correctivo de la derrota?
¿Qué hacer cuando sus principales motineros y sus más siniestros asesinos están muriendo, dejando paso a nuevas generaciones armadas que no participaron en la hecatombe y sienten sus uniformes manchados por un pasado humillante para el ejército que fundó el padre de la patria?

Sabía que la izquierda carece de un proyecto eficaz frente al fenómeno militar. Para él, la única forma de superar la militarización de la vida social impuesta por la clase dominante en la docena trágica, cuando la sociedad uniformada se impuso sobre la sociedad civil y política, era intentar transformar la matriz ideológica de la cultura militar. Era intentar transformar al tradicional brazo armado de las clases dominantes en una institución de reclutamiento popular que garantizara por lo menos la neutralidad frente a la contradicción principal, oligarquía o pueblo.

Pero voltear los muros que nos ciegan la aurora era una tarea dura y lenta y, sobre todo, una tarea que no era prioridad para una izquierda que se aproximaba a porciones de poder tras décadas de peregrinaje por el desierto político.

Eleuterio no se conformó con el poder. Poder es la capacidad de hacer cosas y política es la capacidad de decidir cómo deben hacerse las cosas. Y Fernández Huidobro optó por volver a unir al matrimonio divorciado del poder y la política. Entendió que el gran cambio pasaba por zambullirse en la espesura de la realidad para garantizar la lealtad de las Fuerzas Armadas a la democracia de nuevo tipo que la izquierda proponía a la sociedad civil. Y a esa tarea dedicó los últimos años de su agitada peripecia. De petardista de la vida pasó a ser el estratega del tema militar con el que nadie pudo. Se alejó de los santuarios de la decisión y se ubicó en el corazón del acontecimiento militar, levantando la tapadera de las marmitas donde se cocía la trágica separación entre uniformados y civiles. El huésped de la turbulencia sesentista se trasladó con todo el mobiliario de su conciencia a un nuevo domicilio político, transformándose en huésped del fenómeno militar.

Las pocas veces que lo contacté en el Ministerio de Defensa, lo observé algunas muy animado y optimista, las menos desanimado. Me confesó que la solución se encontraba en entenderlos, respetarlos y sobre todo en descubrir el origen de la educación militar, verticalista y alejada de la realidad popular, para modificar su matriz. Nuestro ejército no era prusiano, ni su origen aristocrático. Había salido de las entrañas del pueblo y su educación y cultura debían estar signadas por ese origen.

Durante años lo intentó. Quizás avanzó mucho menos de lo que esperaba. Pero no dudo en afirmar que fue el hombre de la izquierda uruguaya que más logró acercar la cultura militar a la sociedad civil y a las ideas de la igualdad y la soberanía nacional. Las lágrimas que observé en los rostros de muchos militares en las exequias del héroe tupamaro así me lo confirmaron.
Para obtener lo que consiguió tuvo que optar entre la corona de oro o la corona de espinas.
Y no es un simple eufemismo. Eleuterio tenía todo para ser amado y admirado. Era un líder nato.

Épico, heroico, idealista, desprendido, honesto, estratega, rebelde, trabajador, inteligente, orador, escritor y, como Aristófanes, el más feroz de los humoristas contra el poder de su época y los tartufos de turno.

Y pese a que no ignoraba que era más fácil desintegrar un átomo que superar un prejuicio, optó por la corona de espinas.

Intuyo que la crítica despiadada que se precipitó en aluvión desde la izquierda lo afectó más allá de lo que me dijeron sus amigos, sobre su entereza y su piel de rinoceronte. Y me afecta ese dolor injusto que se llevó a su tumba. Entre sus críticos hubo de todo. Están los que lo atacaron por encargo vestidos de independencia, están los que practicaron el ataque ad hominem denunciado por los latinos, atacar a la persona y no a sus ideas, y están los críticos honestos que discrepaban con sus actos y reflexiones sin acusarlo de traición y sin poner en duda de qué lado de la trinchera se encontraba don Eleuterio.

Yo también he discrepado con muchas de sus acciones y con otras tantas de sus omisiones.
Pero nunca dudé de su buena fe, de su lealtad a la causa popular, de su sacrificio personal en aras de la transformación de las Fuerzas Armadas.

Soy de los que pasaron del “ni olvido ni perdón” al “olvido, nunca; perdón, sólo si hay un acto de constricción”. En eso discrepamos, pero debo reconocer que Eleuterio consideró políticamente difícil el acto de constricción, y él, que los enfrentó con las armas en la mano, prefería cambiar otras conductas en la cultura militar que obligarlos a una ceremonia para la que aún, según su certeza, no estaban preparados.

Y pagó muy caro esa convicción. Su trabajo fue siempre defender lo que creía, fuera o no del gusto de la platea y mejor si era del disgusto. Quizás el silencio lo hubiera ayudado. Los griegos, cinco siglos antes de Cristo, inventaron la isología, la libertad de palabra. Y vaya que Eleuterio abusó de la isología. Sus batallas contra el sentido común, la complacencia, el no te metás, lo políticamente correcto, lo natural, fueron memorables hasta el fin de sus días. Era un brechtiano convencido. Bertold Brecht advertía: “Sobre todo examinen lo habitual, no acepten sin discusión las costumbres heredadas; ante los hechos cotidianos, por favor, no digan es natural, nunca digan es natural, para que así todo pueda ser cambiado”.

La izquierda va a extrañar la ausencia de este cuestionador de las verdades eternas.

Aun en la discrepancia y en el error, creo que se merece un desagravio por todo lo que nos dejó.

Yo me sumo.

Publicado en Caras y Caretas.

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