Fue el economista y demógrafo italiano Carlo M. Cipolla (1922-2000) quien elaboró la ¨Teoría de la estupidez humana¨ (ver en internet junto a los cuantiosos y laudatorios ensayos y libros que, generando escuela, amanecieron a partir de ella). Deberíamos hacerle un monumento (al economista). Y ponerle su nombre a una calle del Centro (¡lindo debate para la Junta!).
Dicha teoría, discrepando con Marx y todos los demás, incluso con sus adversarios, divide a los seres humanos en cuatro categorías, a saber:
A) Los que siempre le hacen el bien a los demás y a sí mismos: éstos son los mejores.
B) Los que siempre le hacen el bien a los demás, pero siempre se hacen el mal a sí mismos: éstos son los incautos.
C) Los que siempre le hacen el mal a los demás pero siempre se hacen el bien a sí mismos: estos son los malvados.
D) Los que siempre le hacen el mal a todos los demás, y siempre se hacen el mal a sí mismos: estos son los estúpidos, o sea, los peores.
Cipolla, como casi todos los posteriores y frondosos desarrollos de su escuela, coinciden en que la alianza de las tres primeras categorías no sólo es posible sino viable y hasta aconsejable. Porque los malvados son, al fin de cuentas, seres racionales y por ende previsibles. Puede resultarles ventajoso, por lo menos pasajera y circunstancialmente, hacer el bien a los demás. Repetimos: aunque sea por un momento y debido a conveniencias posteriores. Y, en última instancia, con ellos puede negociarse.
Con los de la categoría D es no sólo imposible e inviable sino harto peligroso, por no decir peligrosísimo y hasta suicida, intentar cualquier acuerdo. Dice Cipolla (mediante arduas ecuaciones) que en aquellos países donde esta categoría (más o menos aliada a veces a cualquiera de las otras tres) manda, o tan siquiera predomina porcentualmente, los desastres están asegurados. Hay incluso algunos (muchos) que confunden sistema capitalista con estupidez. Ambas cosas que no son incompatibles tampoco son, sin embargo, la misma cosa. Digamos como atenuante que en el extremo opuesto suele incurrirse (con fatales e idénticos resultados) en la misma confusión. Dicho sistema (el capitalista) pertenece, por definición axiomática de existencia, a la categoría C. En rigor de verdad, es enemigo de la A, albacea de la B y es, o debiera ser, acérrimo enemigo de la D. Aunque no siempre lo logra y, lo que no sólo es peor sino pésimo e inconcebible, es que en la actualidad y desde hace ya un tiempo ha sido totalmente dominado por la categoría D. Todos lo hemos sido. Para constatarlo basta con mirar objetivamente el panorama mundial.
Nunca como ahora, en toda la historia (y parece ser que tampoco en la prehistoria) los seres humanos hemos puesto en riesgo tan gravísimo a la vida (la total) en el planeta. Bastaría sin embargo para condenar al actual sistema y pelear contra él, con el hambre, la sed, la miseria, la muerte por enfermedades curables, las guerras, los genocidios, la ignorancia forzosa, y demás calamidades espolvoreadas a lo largo y ancho de nuestros países, y de todos los demás sin excepción.
Bastaría, pero la cosa es muchísimo más grave si cabe: por el camino en el que vamos, estamos construyendo, a veces ¨amorosamente¨, nuestro suicidio, y el homicidio de nuestros descendientes inconsultos.

Publicado en Revista Miradas (Pensamientos estratégicos sobre el Uruguay del futuro), 2010.


 

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